Matteo Pagliari: “Vamos a producir una nueva generación de directores de orquesta”

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Empezar una nueva tradición musical en la dirección de orquesta en el Perú es uno de los principales objetivos del italiano Matteo Pagliari, quien después de muchos años de visitar el país, decidió establecerse en Lima para presentarse con orquestas de la capital y del interior del país, alternando con su agenda internacional; pero, además, para dedicarse a la enseñanza de esta disciplina en el Instituto de Arte de la Universidad de San Martín de Porres.

Pagliari, quien fue hasta 2010 docente en la Scuola dell’Opera del Teatro Comunale di Bologna, tiene la intención de romper todos los mitos sobre la dirección de orquesta y que alcanzan a muchos jóvenes estudiantes de música en el Perú. En este proceso él es muy exigente y no es para menos. Los objetivos son muchos e importantes. Lo inmediato es que sus alumnos persigan el conocimiento y se formen de la manera más completa posible. La meta a largo plazo es “producir una nueva generación de directores de orquesta peruanos”.

Este ha sido su primer período académico como profesor de dirección de orquesta en la Escuela de Música de la Universidad de San Martín de Porres, ¿podría contarnos un poco más sobre esta experiencia enseñando en el Perú y el nivel académico en el que encuentra a sus alumnos?
La formación de un director de orquesta es un proceso largo y de los más complejos entre todas las disciplinas musicales. Que se considere fácil acercarse a una orquesta es debido al hecho de que el director es el único entre los músicos que no maneja directamente el sonido con un instrumento. Hasta los compositores, al escribir su propia música, dejan en un papel su idea, y esta idea ahí se queda; mientras que el director necesita de un instrumento que no toca el mismo y esto genera la convicción que no sea tan difícil dirigir una orquesta.

Cualquier músico que no esté perfectamente preparado será responsable de un concierto mediocre y, asimismo, un director mal preparado será responsable de una presentación mediocre con una diferencia importante: el nivel técnico y musical del director siempre tiene como medio la orquesta, que muchas veces compensa las fallas del mismo director, gracias a lo que yo suelo llamar “instinto de sobrevivencia”, que impide que la orquesta fracase, a pesar de lo malo que pueda ser el director que en ese momento la está dirigiendo.

Pero, en realidad, ¿qué significa dirigir una orquesta? Es cierto que el nivel técnico tiene que ser lo más alto posible, sin embargo, aun en este caso, hay que aclarar qué es la técnica del director de orquesta. Y, para quitar cualquier duda, la técnica del director de orquesta no es marcar el tiempo. En absoluto. Marcar el tiempo no te hace director de orquesta, así como tocar una escala de do mayor no te hace pianista. Cualquier persona que sepa contar hasta cuatro puede aprender a marcar un “cuatro cuartos” en cinco minutos.

Entonces, volvemos al principio: para tocar cualquier instrumento hay que conocer perfectamente la técnica de ese instrumento. ¿Y cuál es el instrumento del director de orquesta? No es, obviamente, la batuta, sino la orquesta misma, cuya característica es de ser al mismo tiempo un conjunto de muchos músicos y la unión de instrumentos que tienen cada uno una diferente técnica.

A veces se me pregunta si el director de orquesta debe tocar todos los instrumentos y esto, obviamente, sería lo ideal, pero no serían suficientes cinco o seis vidas para aprenderlos todos. Lo que es absolutamente cierto es que el director de orquesta debe conocer al menos a nivel teórico la técnica de los instrumentos que dirige. Es decir: si no sé cómo un clarinetista sopla dentro de su instrumento no podré dirigirlo de forma adecuada y si no conozco las posibilidades expresivas y los limites de cada instrumento y cada sección, el riesgo es que mi forma de dirigir no solo no ayude, sino moleste la orquesta.

Naturalmente mi gesto, para limitarnos todavía al aspecto gestual, no puede ser lo mismo si estoy dirigiendo una fila de trombones, la sección de cuerdas o lo que en cada momento sea necesario dirigir, inclusive las voces, sean solistas o un coro, algo que muchos directores piensan que se puede tratar de la misma forma en que se trata una orquesta.

Podríamos decir que la técnica de un director de orquesta es hacer todo lo necesario, solo lo necesario, y en el momento adecuado. ¿Cómo se llega a esto? Tiempo, paciencia y mucho estudio.

El estudio de la composición, que siempre recomiendo a mis alumnos, es una base imprescindible porque nos permite manejar las partituras desde un aspecto formal, técnico y estético. La composición es -para todos los músicos, en realidad, no solo para un director- fundamental como el estudio de la literatura para un actor de teatro. Luego, la composición lleva por consecuencia -al menos, en Italia es así- al estudio de la estética musical, de la historia de la música a un nivel superior y de algunos cursos más que contribuyen a completar la formación previa de un director de orquesta. Y digo previa, porque para terminar los estudios de dirección de orquesta en Italia es obligatorio estudiar al menos siete años de composición, con los demás cursos que mencionaba arriba.

Dicho todo esto, me parece que acá el currículo de estudios musicales es muy distinto respecto a mi experiencia de estudiante en Italia y, sobre todo, en lo que respecta a dirección que está en un inicio, lo que me parece de todas formas absolutamente positivo, porque una ciudad como Lima merece tener una escuela de dirección de orquesta de nivel internacional. No quiero decir que no hayan directores peruanos (solo hablando de hoy se deben mencionar, sin lugar a dudas, a Miguel Harth-Bedoya y David Del Pino), pero no hay una escuela, y es lindo que se empiece una nueva etapa en la formación musical de este país. También es necesario concentrarse en todo lo que es útil y fundamental, dejando de lado ideas un poco antiguas como por ejemplo que para ser un buen director uno debe ser un buen pianista. Esta es una herencia que nos llega desde hace un par de centenas de años, cuando recién empezaban a aparecer los primeros directores, que eran nada menos que los “kapellmeister”, que se levantaron de su clavecín o de su fortepiano y se pusieron a dirigir con batuta. En realidad una formación pianística puede ser útil, pero no es en absoluto necesaria para dirigir. Además, siendo honestos, las partituras que eventualmente sería más útil leer al pianoforte son las más complicadas una vez que uno intente reducirlas, de nada sirve leer al piano una Sinfonía de Haydn, porque se puede tranquilamente leer en la mesa, pero sí podría servir leer, por ejemplo, el Pájaro de Fuego de Stravinsky ¿Y quién lo hace? Mejor es concentrarse en el desarrollo del oído interno, que es lo mas importante para interiorizar una partitura y acostumbrarse a memorizarla con sus sonidos y sus instrumentos, lo que es imposible hacer si se toca al piano, porque ahí todo suena igual. Siendo yo pianista, nunca he leído una partitura al piano para estudiarla, y no porque no pueda hacerlo. Pero este es un discurso que siempre encuentra opositores y cada uno tiene su propia opinión.

Otra cosa esencial para un director es poder cantar. Es increíble cómo a la hora que se pide a un director que cante tal u otra obra sean pocos los que pueden hacerlo. Todo esto, de todas maneras, pertenece al aspecto todavía técnico básico de un director de orquesta que, como decía poco antes, necesita una formación cultural muy amplia para justificar su presencia frente a una orquesta a la hora de dirigir obras sinfónicas, sean ellas de Beethoven, Mahler, Bruckner, etcétera. Lo que un director debe hacer es un veinte por ciento técnico, mientras que todo lo demás es llevar a la orquesta a un nivel de profundización de la obra que es imposible si el mismo director no esta en una condición espiritual y de conocimiento superior.

Nosotros estamos empezando un proceso didáctico y de formación que, así espero, en algunos años pueda producir una nueva generación de directores de orquesta peruanos que participen en concursos y que empiecen una nueva tradición musical. Por cierto, si algunos de los que recién empiezan sus estudios de dirección piensan en seis meses pararse frente a una orquesta sinfónica para dirigir la Séptima de Bruckner, bueno, lamento decepcionarlos, pero no será así.

Precisamente hace unas semanas el maestro Riccardo Muti lamentaba y criticaba la falta de preparación de muchos jóvenes directores de orquesta, recomendando aprender, conocer lo esencial, y no perder las raíces (en su caso habla de la escuela italiana, rigurosa, de la que él viene). En los maestros recae la responsabilidad de esa preparación y de orientar a los futuros directores, ¿qué opina de ello?
Antes que todo, comparto cada palabra de las declaraciones de Riccardo Muti, que me parece siempre muy pertinente en sus salidas públicas. En particular, en estos últimos años se ha vuelto una moda el fenómeno de los “baby directores” como es costumbre llamarlos en este ambiente. No quiero decir que no sea importante empezar a estudiar y a dirigir temprano, porque la dirección de orquesta se aprende con mucho tiempo y mucha práctica, además de los estudios que mencioné. Por eso, de nada vale un título académico si no hay experiencia, así como de nada vale un título profesional como piloto de aviones si uno no tiene un buen número de horas de vuelo ¿quién se dejaría llevar a Nueva York por un piloto recién egresado de la academia? Lo mismo vale para un director de orquesta, aunque la comparación pueda parecer arriesgada. Sin embargo, es normal, hoy en día, ver a directores muy jóvenes frente a orquestas maravillosas, dirigiendo las obras más difíciles. Y, en realidad, pocas veces se escucha algo interesante, honestamente. ¿Por qué? porque el nivel de profundización cultural no es adecuado ni a la orquesta ni, menos, a la obra en sí.

Recuerdo una declaración del mismo Muti, que una vez dijo haber dirigido por primera vez la Missa Solemnis de Beethoven a los 46 años porque era una obra a la cual él tenía a la vez miedo y respeto y por ello no se había “atrevido” a dirigirla antes. Un director como Claudio Abbado dirigió el Don Giovanni de Mozart por primera vez cuando tenía más de 60 años y hay directores que debutan en grandes teatros a los 25 con Las Bodas de Fígaro. Karajan pasó sus primeros años en pequeños teatros alemanes dirigiendo orquestas de treinta músicos y estudiando el repertorio y lo mismo hizo Carlos Kleiber, que se hizo famoso recién en los años setenta, cuando ya tenía mas de cuarenta años, pero pocos saben que muchos años antes estaba dando vueltas en lugares escondidos, a veces con nombres ficticios para que su padre no se entere, y dirigiendo muchísimas obras que en su madurez nunca más volvió a dirigir. Es cierto que todo hoy es mucho mas rápido, pero siempre me pregunto: ¿eran aquellos directores tan lentos en aprender o los de hoy son de verdad fenómenos mediáticos y algo más? La pregunta es seria y fuera de cualquier polémica. Pero, sí es cierto que a cualquiera le gustaría una invitación de la Filarmónica de Nueva York, yo me pongo en primera fila, no quiero hacerme el santo. Una vez algunos músicos de estas grandes orquestas afirmaron que en su actividad pueden decir haber encontrado cuatro, cinco directores que realmente merecían dirigirles, entonces, algunas preguntas uno tendría que hacérselas.

Yendo al discurso de la escuela, en Italia tenemos una tradición de grandísimos directores, empezando por Paganini, Spontini, Mariani, Muzio -estos últimos dos eran los directores favoritos de Giuseppe Verdi-, llegando a Toscanini, Gui, Serafin, Votto -el maestro de Riccardo Muti-, hasta la historia mas reciente, con Muti, Abbado, Chailly, Gatti, etcétera. Pero hay un director italiano, posiblemente uno de los más grandes directores de siempre que pocos conocen porque nunca pudo hacer una carrera como hubiera merecido a causa de una enfermedad que le impedía dirigir en publico: Franco Ferrara. Él ha sido el maestro de muchísimos grandes maestros de hoy -y, dicho sea de paso, de mi mismo maestro, Gilberto Serembe- a través de algunas grabaciones nos podemos dar cuenta de qué tal músico fue. Quien lo conoció en persona -y no es mi caso, lamentablemente- nos cuenta que su personalidad era aun más especial de lo que se escucha. Ferrara era el único director al cual Karajan le tenía miedo y a veces decía que, “afortunadamente”, Ferrara no podía dirigir en publico porque si hubiera podido, hubiera hecho desaparecer a muchos de los directores que dirigían en aquella época.

Hay una grabación de la obertura de la Forza del Destino -entre muchas otras que nos quedan, por suerte- donde se puede escuchar una calidad de sonido, de legato, un fraseo, una elegancia y al mismo tiempo una potencia que, de verdad, no tienen iguales. ¿Por qué digo todo esto? Porque estas son nuestras raíces -¡y que raíces!-. De esto exactamente habla Muti. Claro, no todo es Italia, faltaría más que yo lo afirmara, pero en ese sentido, es hacia ese nivel artístico que se debería ir y tratar de ser un poco superiores a las apariencias.

Los “atletas” del podio dejan huellas muy poco profundas y de hecho seguimos todos buscando algo que a veces solo podemos encontrar en las grabaciones de los grandes maestros del pasado y en los pocos grandes que todavía siguen dirigiendo. Todo lo demás es marketing, pero siempre ha sido así, en realidad. Solo deberíamos pensar en dos inmensos directores como Günter Wand y Klaus Tennstedt. ¿Cuántos ajenos al ambiente musical conocen a estos dos gigantes? Y como ellos, hay muchos directores, hoy, que simplemente se quedan afuera de la luz del foco mediático y pocos los conocen, pero no por esto son menos grandes que muchos otros que todo el mundo conoce por verlos en todos lados. Al contrario.

Obvio que, a todo esto, yo todavía considero que nunca debo parar de aprender cosas nuevas. Comparto, en este sentido, las palabras de uno de lo más altos poetas italianos, Cesare Pavese, que decía “nada es tan imperdonable para un artista como que deje de considerarse un principiante”. Mi responsabilidad es, primero, hacia la música, y con ese ánimo llevo mis actividades, tanto de director como de profesor. No hay, a mi parecer, otra forma para hacer bien las cosas.

Entonces, ¿cuáles son los principales consejos que usted le da a sus alumnos?
A mis alumnos siempre recomiendo que no se fijen en lo superficial. Me preguntan, a veces, que opino de tal u otro director y a esa pregunta siempre respondo con otra pregunta: “¿a qué te refieres?” Me dicen que “se ve bonito cuando dirige” y, claro, a veces es cierto. Hay directores que tienen una gestualidad linda y elegante, otros menos. Para mí es importante que el gesto sea estéticamente lindo, pero tras de un gesto hay una idea y tras una idea hay semanas, meses, años de estudio. Al menos, así debería ser. De lo contrario, todo se queda en un gesto vacío.

Personalmente dirijo muchos autores -no muchísimos, en verdad-, y otros todavía los miro desde lejos, porque no me parece haberlos entendido lo suficiente. No es una cuestión técnica, por cierto. Técnicamente se puede hacer todo y además hay autores que parecen difíciles y que no lo son y otros que parecen más alcanzables y son complicadísimos. Un vals de Strauss puede ser mucho más difícil que la Histoire du soldat de Stravinski -cualquier mono puede dirigir esa obra en realidad, lo digo en serio-, y en los concursos siguen poniendo Stravinski en las eliminatorias, donde pasan directores que luego no pueden dirigir un minué de Haydn. No, el asunto no es técnico, es musical: Hay que llegar a un nivel de profundización casi absoluto, casi de identificación con el compositor para poder honrar la música que estamos dirigiendo. La primera vez que dirigí una sinfonía de Beethoven en un concierto las tenía todas de memoria, además muchas sinfonías de Mozart, Haydn y muchísima música más. No puedes dirigir la Quinta si no conoces las demás sinfonías -y cuartetos, y sonatas- y para entenderlas es necesario llegar de donde estas sinfonías a su vez provienen, es decir el clasicismo. Asimismo pasa con todos los autores. Ni hablar de las demás artes. El conocimiento de estas puede darme aún más ideas para comprender muchas paginas musicales. Como dije desde el principio, es un proceso largo y complejo, y nunca se sabe demasiado.

Revisando su agenda pública, podemos ver que a inicios del próximo año volverá a dirigir a la Sinfónica Nacional y ofrecerá una gala lírica en Asia, ambos alternados con espectáculos en el extranjero, ¿podría detallarnos más sobre estos primeros conciertos?
Con la Orquesta Sinfónica Nacional hay una muy buena relación artística y personal y siempre es un gusto volver a dirigirlos. En febrero tocaremos un programa clásico, con un concierto de Telemann para trompeta, la Sinfonía Prague de Mozart y la Grande de Schubert, su novena sinfonía. Si bien es cierto que hay varias formas de armar un programa y que me encantan los contrastes también me gusta la idea de dirigir tres autores de épocas consecutivas y en particular mostrar dos de ellos, Mozart y Schubert, en su etapa final (la Prague es de 1786 y la Grande de 1825, solo un año después de la Novena de Beethoven).

En Asia será algo totalmente distinto. Ópera en Asia es una gala lírica que se llevará acabo en el Centro Cultural del Boulevard Asia, el próximo 26 de marzo. Estaré dirigiendo a la Orquesta Filarmónica de la Esperanza, un proyecto que comparto con Perudarnik, que produce el evento, cuyo gerente general, Joham Rosel, además de ser un excelente músico y mejor amigo, es mi representante artístico acá en Latinoamérica. Vendrán tres cantantes internacionales de destacada trayectoria, y habrá un programa atractivo y elegante a la vez, con las piezas más lindas de las obras de Verdi, Bizet, Puccini. Un cierre de temporada de verano por todo lo alto, para disfrutar de música hermosa en el lugar más lindo.

A Italia iré entre los dos conciertos, para un ciclo de cuatro conciertos con la Orchestra Filarmonica Marchigiana, pero lamentablemente no podré quedarme mucho más por allá, porqué todos los eventos son muy cercanos, como se ve. Así empezará mi 2016.


Pagliari dirigió la Sinfonía Nº 8 de Franz Schubert en marzo 2015. Orquesta Sinfónica Nacional del Perú. Gran Teatro Nacional.

Otro espectáculo que se ve atractivo para Lima es Turandot, que se realizaría en setiembre de 2016 en el Gran Teatro Nacional, ¿podría darme un adelanto sobre esta producción, el reparto y otros aspectos?
En realidad, todavía no tengo mucha información al respecto porque recién empezamos a hablar con Romanza de la programación 2016, pero como sabes, justo en estos días, está concluyendo la temporada 2015 con la Doña Francisquita, así que, una vez que se cierre el telón, empezaremos a trabajar para el próximo año.

Puedo decirte, sin embargo, lo que opino sobre Turandot, a la que considero la última verdadera ópera italiana. Después de esta obra han habido, obviamente, muchas otras óperas de teatro musical, pero Turandot marca un antes y un después y, en realidad, ya con Il Trittico, que es de seis años antes, Puccini había explorado nuevas formas. Un proceso que había empezado con el mismo Verdi de las últimas óperas. Se cierra una época gloriosa y se hace con una obra inconclusa, que nosotros conocemos desde siempre con la parte final compuesta por Franco Alfano. Y aunque la anécdota es muy conocida, es lindo recordar que la primera función de Turandot fue dirigida por Toscanini en 1926 en el Teatro alla Scala y, como todos sabemos, él quiso interrumpir la función donde Puccini había terminado de escribir: “Acá termina la función, porque en este punto el Maestro ha fallecido”, dijo volteando hacia el público. Un homenaje a su amigo y gran maestro. Hablaba poco antes del respeto hacia la música y los compositores, ¿cierto? ¿Qué más decir sobre este gesto tan humilde y lleno de compasión?

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Un comentario en “Matteo Pagliari: “Vamos a producir una nueva generación de directores de orquesta”

  1. Excelente manifiesto. Haremos una nueva generación de directores, si. Y si pudiéramos conseguir que esos nuevos directores entendieran que dirigir bien NO ES acelerar los tempos de las obras como si tuviesen prisa por irse a comer, podriamos recuperar muchas obras que pueden malograrse y perder su sentido, su tamaño, su carácter, su musicalidad y su profundidad por exceso de tempo.
    Ejemplos? Imaginense el Laudate Dominum de las Vísperas de Mozart, o el primer movimiento del Concierto para Oboe y cuerdas de Cimarosa con un tempo casi el doble del que se usaba hasta hace pocos años. Adiós a la música, adiós a la obra.

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