Jóvenes a la obra

Marian Sobula y la Orquesta Sinfónica Nacional Juvenil del Perú interpretando el concierto para piano de Fryderyk Chopin (Fotografía: Gran Teatro Nacional / Ministerio de Cultura)

Marian Sobula y la Orquesta Sinfónica Nacional Juvenil del Perú interpretando el Concierto para Piano Nº 1 de Fryderyk Chopin (Fotografía: Gran Teatro Nacional / Ministerio de Cultura)

Por Juan Pablo Goycochea (@Campi___)

Luego de que la Orquesta Sinfónica Nacional Juvenil (OSNJ) se presentara en marzo y abril junto a destacados solistas extranjeros y también nacionales, el pasado 10 de mayo en el Gran Teatro Nacional (GTN) se realizó el tercer concierto de la temporada 2015 teniendo como invitado al pianista Marian Sobula, originario de Polonia, que ha sabido ganar competencias tales como la Yamaha Music Foundation of Europe, el Concurso Ciudad de Treviso y el Concurso de piano de Valladolid. El programa de este concierto especial por el Día de la Madre, contó con dos obras tradicionales en los auditorios a nivel mundial: el Concierto para piano Nº 1 de Fryderyk Chopin y la última sinfonía de Wolfgang Amadeus Mozart; la Nº 41 que es llamada comúnmente Júpiter.

La OSNJ, bajo el mando de su director titular Pablo Sabat, ha dado muestras claras de mejoría a lo largo de los meses y en cada uno de sus conciertos. Del 2013, en el que presentaron por ejemplo las sinfonías Pastoral y Heroica de Beethoven a este 2015 ha ocurrido un evidente crecimiento musical. Hoy tenemos una orquesta más cohesionada, más ensamblada, aunque tampoco debe quedarse allí. Por lo visto fue muy importante el encuentro dado entre dicha agrupación y la Sinfónica Juvenil de Chile en el mismo GTN hace también un par de años y que comentamos desde aquí con agrado. Es que además la OSNJ, está haciéndonos olvidar ese prejuicio que algunos asistentes hemos formado con respecto a su mejor desenvolvimiento en obras del período clásico, ya que ha sabido arriesgarse con éxito a composiciones del pleno romanticismo como la Quinta Sinfonía de Tchaikovsky el año pasado. Quienes han tenido la suerte de presenciar cada uno de los conciertos de esta agrupación sinfónica, desde aquel marzo de 2013 (Beethoven, Heroica) hasta el del pasado domingo 10 de mayo, han disfrutado de la evolución de esta orquesta.

Pero vayamos a los hechos. En el Concierto para piano Nº 1 de Chopin que abrió el programa, el Allegro Maestoso estuvo bien logrado y pese a que los metales –sobre todo el trombón– iniciaron el movimiento con un sonido algo excesivo para el resto de la orquesta, recompusieron el desbalance. Sobrio el solista Sobula, aplicado en las partes de virtuosismo y preciso en las más cantables. En el Romance – Larghetto hubo un destiempo entre el piano y la orquesta en algunos finales de frase. La contraparte fue el bello sonido del piano que ofreció Marian y la suavidad con la que las cuerdas y maderas afrontaron el acompañamiento. Nada que reprochar a los metales. En el Rondò Vivace, los cornos tuvieron algunas intervenciones desafortunadas como en el movimiento inicial, esta vez también las trompetas los acompañaron aunque esto solo se dio, principalmente, en el inicio del Rondò con la orquesta ya a pleno, luego de terminada la primera intervención del piano. Sobula tal cual en el Allegro Maestoso, sobrio y eficiente; alejado de movimientos corporales excesivos y más concentrado en la consecución de un buen sonido para sacar adelante la parte netamente musical. Una buena versión, al fin y al cabo, con una orquesta tratando de llevar asertivamente la labor de secundar al pianista; y aunque sigue dando la impresión de que en algunas secciones hacen falta más violines para hacerles frente a los metales, se nota ya un mejor trabajo en cuanto a los balances sonoros. A estas alturas del concierto ya se podía decir que la OSNJ ha mejorado en varios aspectos. El encore ofrecido por Marian Sobula fue la Mazurca Nº 22 en sol sostenido menor, la primera mazurca del opus 33, una pieza musical que difícilmente es escuchada en las salas de concierto y que aún menor es la probabilidad de ser ofrecida como un regalo pues es de esas mazurcas que sólo se suelen grabar en versiones completas de piezas para piano de Chopin, por eso resultó una grata sorpresa escucharla. No cuenta con la popularidad de otras de su género y mucho menos al lado de polonesas, valses, nocturnos o estudios, por citar algunos ejemplos. La Mazurca Nº 22 es de esas más sentimentales que rítmicas y fue curioso que Sobula lleve al público del jubiloso final del Concierto Nº 1 a la nostalgia y tristeza contenida en la mazurca. La verdad que la inclusión de dicha pieza como regalo de la noche –aunque se disfrutó– debió sorprender a más de uno. Fue algo inesperado, pero demuestra cómo la música puede llevarte de un estado de ánimo a otro en instantes.

Pablo Sabat y Marian Sobula (Fotografía: Gran Teatro Nacional / Ministerio de Cultura)

Pablo Sabat y Marian Sobula al finalizar el Concierto para piano y orquesta Nº 1 de Fryderyk Chopin (Fotografía: Gran Teatro Nacional / Ministerio de Cultura).

La prueba de fuego de la tarde-noche llegó con la Sinfonía Nº 41 de Mozart, una obra que definitivamente exige mucho más que la primera parte del concierto. Aquí tendrían que quedar evidenciadas todas las cualidades de la orquesta a diferencia de la primera parte. El trabajo de este juvenil conjunto a lo largo de los años es puesto de manifiesto sobre todo en sinfonías de repertorio como la Júpiter; que más allá de ser una obra del período clásico puede llegar a tener diversas formas de presentarla.

Desde el inicio del Allegro vivace notamos que esta sería una versión ligera y audaz, evitando caer en interpretaciones románticas y fraseos forzados, manteniendo una línea clásica que buenos resultados le da a esta agrupación. Lo más resaltante de este movimiento versión-Pablo-Sabat fue el detalle bien logrado del crescendo al finalizar la primera frase antes del silencio orquestal. También a destacar que las repeticiones quedaron mejor que las primeras veces, que fueron encaradas las partes de Allegro. Por ejemplo, la repetición del tema secundario en sol que da paso al desarrollo del movimiento.

En el Andante cantabile destacaron las cuerdas, las maderas se desenvolvieron mejor a partir del desarrollo (sección media) del movimiento siendo la flauta la más pareja. El oboe estuvo mejor a partir de su segundo solo, en ese tema menor tan característico del andante. Fue una versión cuidada manteniendo la línea clásica del movimiento predecesor. El Menuetto fue el más logrado de la sinfonía y lo mejor de la noche: parejo de principio a fin, tanto en la parte primaria como en el Trio. El estilo igual de ligero como el Allegro vivace presagiaba cómo sería el final de la sinfonía. Y así fue.

Los cornos habían tenido algunos problemas en los tres movimientos anteriores y el Presto no sería la excepción, muestra de ello fueron sus intervenciones en la “llamada” que dan los metales a pocos compases de iniciar este cuarto movimiento. En la repetición corrigieron y salvaron así el comienzo del Presto. Las maderas estuvieron en gran altura, flauta y oboes muy correctos en sus partes al igual que los metales, destacándose las trompetas. El contrapunto entre los violines y las violas en diferentes momentos fue bien logrado, asimismo cuando tomaban lugar las maderas. Hubo una repetición de la segunda parte del Presto (desarrollo y re-exposición de los temas) lo cual no es tan común escuchar aunque sí se encuentra esa indicación en la partitura. Imponente el sonido de los cornos en el contrapunto que lleva hacia el final de la sinfonía y precisa la percusión durante toda la obra. Fue, en efecto, una agradable versión de esta última sinfonía de Mozart.

Da mucho gusto notar cómo la Orquesta Sinfónica Nacional Juvenil ha dado pasos hacia adelante con el tiempo y aunque siguen quedando cosas por corregir y pulir, como algunos desbalances entre cuerdas y metales -mal que también aqueja a la sinfónica mayor- e ir evitando errores puntuales que puedan desmerecer en algo la versión ofrecida de las piezas musicales; está claro que hay una mejora y eso debe reconocerse.

El próximo concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional Juvenil será el jueves 25 de junio en el Gran Teatro Nacional acompañando a la renombrada violinista Sarah Chang en el Concierto para violín Nº 1 de Max Bruch y el Tzigane de Maurice Ravel. El programa se completará con Le Tombeau de Couperin también de Ravel y con la Sinfonía Clásica de Sergei Prokofiev. Días después, el domingo 28, la OSNJ se presentará junto al violinista Philip Setzser, integrante del Emerson String Quartet. Las obras a interpretar son el Adagio en mi mayor para violín K. 261, de Mozart; el Concierto para cuatro violines de Antonio Vivaldi; El buey sobre el tejado de Darius Milhaud; y se repetirá la Sinfonía Clásica de Prokofiev.

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