Noche de verano con la OSN o “Un americano en Perú”

Ankush Kumar Bahl y la OSN al final del concierto (Fotografía: Pablo Macalupú Cumpén / Camello Parlante)

Ankush Kumar Bahl y la OSN al final del concierto (Fotografía: Pablo Macalupú Cumpén / Camello Parlante)

El último concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional dejó diversas sensaciones tanto por la elección de las piezas como por la ejecución y la reacción del público ante estas. Iremos por partes, pero seremos breves. El programa ha tenido una interesante mezcla de estilos creada por compositores americanos. En este pudimos escuchar las interpretaciones de cada autor sobre los distintos escenarios o espacios a los que se refieren en sus respectivas obras; es algo como ver el mundo desde una perspectiva americana (estadounidense y peruana). En The Chairman Dances (John C. Adams), por ejemplo, tenemos la curiosa imagen de Mao Tse Tung bailando con su futura esposa un foxtrot que suena de un viejo gramófono; en el Concierto Indio (Theodoro Valcárcel) escuchamos los sentimientos más profundos del Perú en una composición para violín y orquesta; mientras Aaron Copland (El Salón México) y George Gershwin (An american in Paris) nos muestran sus percepciones de México y la capital francesa. Al centro del programa apareció el Adagio para cuerdas de Samuel Barber, un delicado y bien pensado “freno emocional” para la fiesta americana que se realizaba en el Gran Teatro Nacional.

La Sinfónica fue conducida esta vez por el indio-estadounidense Ankush Kumar Bahl, director asistente de la Orquesta Sinfónica Nacional de los Estados Unidos. El Concierto Indio contó con la participación de la violinista californiana Nora Chastain. Al inicio de la primera y segunda parte Kumar Bahl presentó de una manera didáctica las obras a interpretar, una forma de relajar la noche e introducir al público en cada una de las piezas. Lo hizo con un castellano a medias, pero con un carisma que atrajo a los asistentes y rompió con esa solemnidad que pueden tener algunos espectáculos. El maestro incluso se animó a titular el concierto como “Un americano en Perú” en alusión a su nacionalidad y su visita a Lima.

En todas las piezas pudimos escuchar buenas interpretaciones, de menos a más conforme iba avanzando el programa. Considero que la más irregular de la noche fue The Chairman Dances, por ciertas imprecisiones entre secciones, aunque con un final bien ensayado destacando el detalle de la percusión. Por su parte, Nora Chastain resalta los colores andinos del Concierto Indio, una composición para violín y orquesta que si bien no llega a ser una obra de virtuosismo para el intérprete, sí le exige al solista tener la pasión propia de la música tradicional peruana. De la segunda parte vale destacar, en principio, el desempeño de las secciones de metales, con grandes resultados sobre todo en An American in Paris. Gran trabajo el de las trompetas y el capo de sección, Franco Carranza. Buen resultado de las cuerdas con el famoso Adagio de Barber.

Pero volvamos al inicio. El viernes 20 de febrero fue una noche de sensaciones y el público tampoco tuvo reparos en disfrutar y demostrar su satisfacción. Quienes estuvieron ahí habrán notado que los asistentes se dieron la licencia de aplaudir entre movimientos en el Concierto Indio e incluso en el momento cumbre del Adagio para cuerdas. Pero no nos escandalizaremos ni criticaremos al público por hacerlo. Lo que sucede es que hay un protocolo tácito que impide -y reprime- a los asistentes frecuentes aplaudir. Pienso que este, a veces, puede resultar exagerado. Parte de la atmósfera y de la vida de un teatro es esa emoción y espontaneidad que le puede dar el público a la función y que la puede hacer, quizá, inolvidable y motivadora para los artistas. Durante una charla en la Royal Philharmonic Society, el crítico musical Alex Ross citó dos frases interesantes que podríamos mencionar a propósito del tema. La primera, escrita por Erich Leinsdorf, dice: “¡Qué tremendo sinsentido! La noción, alguna vez acogida por historiadores de medio pelo, es que la entidad no debe ser interrumpida por el frívolo acto de golpear las palmas. Los grandes compositores se sentían regocijados por el aplauso, dondequiera que apareciera”. La segunda cita, mencionada momentos después, es de una entrevista hecha a Arthur Rubinstein en 1966. El mítico pianista señaló que “es una barbarie decirle a alguien que no es civilizado aplaudir lo que le gusta”, aunque en la misma semana hizo un gesto para que el público no interrumpa con aplausos el primer movimiento de un concierto de Mozart que acaba de tocar, dice Ross. Como fuere, desde aquí creemos que la música es para escuchar y emocionarse. No se cohíba y disfrute.

Obama clapping

Obama tampoco sabe aplaudir (?)

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