El otro festival de Lima

| Por Juan Pablo Goycochea |

El Instituto Cultural Peruano Norteamericano conmemora este año el 75 aniversario de su fundación y como parte de las celebraciones realizó, nuevamente, dentro de sus instalaciones el XIII Festival de Música de Cámara.

Este evento, dirigido por el maestro Carlos Costa, no sólo existe para el disfrute del público y el conocimiento más profundo de las diferentes obras de cámara sino también para  una necesaria exposición de jóvenes talentos locales, así como una buena oportunidad de recibir en nuestra ciudad a solistas del extranjero.

Este año no fue la excepción y por medio de la embajada norteamericana se pudo contar con la participación de dos músicos egresados de la Juilliard School de Nueva York: la cellista Madeleine Kabat y el violinista Igor Pikayzen, ambos dotados de una notable técnica e interpretación. Asimismo, se dieron cita a lo largo de los cinco días del festival, jóvenes instrumentistas de gran valor que mencionaré más adelante; y también la Orquesta de Cámara del Festival integrada por jóvenes del taller de cuerdas que dirige el propio Carlos Costa.

Una de las particularidades de esta edición, realizada entre el 12 y el 16 de Agosto, fue la inclusión de obras de cámara de nombre y de nivel al final de cada programa, como para cerrar dignamente cada día del evento. Estas obras fueron, por ejemplo, el Trío op. 99, de Franz Schubert (lunes 12), el Cuarteto para Piano y Cuerdas op. 47, de Robert Schumann (martes 13), el Cuarteto para Cuerdas No. 12 en mi bemol mayor op. 127, de Ludwig van Beethoven (miércoles 15) y el intenso Quinteto para Piano y Cuerdas No. 2 en la mayor op. 81, de Antonín Dvořák (viernes 16), este último es uno de los mayores aciertos del festival y sobre todo por haberlo incluido como cierre del concierto final.

También se contó con obras de corte solista entre las cuales cabe resaltar la virtuosa Introducción y Tarantela, de Pablo de Sarasate (martes 13), la celebrada Chacona, de Johann Sebastian Bach (miércoles 14), la Serenata Melancólica, de Piotr Ilych Tchaikovsky (miércoles 14) y la Elfentanz op. 39, de David Popper (viernes 16). Tampoco faltaron los conciertos para instrumento solista y orquesta como fueron el Concierto para Cello No. 7 en sol mayor G480, de Luigi Boccherini y los Conciertos para Violín que integran Las Cuatro Estaciones, de Antonio Vivaldi, ambos conciertos con participación de los invitados Kabat y Pikayzen acompañados por la Orquesta del Festival. Además, los diferentes programas de esta edición tuvieron obras de otros compositores como Mozart, Hue, Shostakovich, Brahms, Telemann, Ravel, Ginastera y Poulenc. Precisamente de este último se presentó el segundo día del festival el Trío para oboe, fagot y piano a cargo del oboísta Carlos Otárola, maestro del Conservatorio Nacional de Música y primer oboe de la Sinfónica Nacional, acompañado también por el fagotista Omar Garaycochea y la joven pianista Patricia Ramírez Gastón.

Además de integrar distintos ensambles como tríos, cuartetos o quintetos, los invitados de la Juilliard School tuvieron al menos un día central para mostrar todo su arte. Igor Pikayzen al violín lo tuvo el miércoles 14 interpretando la Serenata Melancólica, de Tchaikovsky (predecesora del célebre concierto para violín op.35) y el Tziganne, de Maurice Ravel. El concierto de aquel día lo inició con la Chacona, de Bach, obra que puede poner en problemas a cualquier violinista.

Pikayzen fue de menos a más en la aquella pieza, dándole mayor énfasis al tema principal en su re-exposición que al inicio. Al día siguiente y ya acompañado por la Orquesta de Cámara del Festival, se presentó como el violín solista en las Cuatro Estaciones de Vivaldi, en una versión bastante ágil que le hizo perder un poco de lirismo a algunos movimientos lentos, como el de la Primavera o el Invierno, pero que a su vez le hizo ganar intensidad en otros como los que conforman el Verano y el Otoño. El solista ruso pudo sacar adelante la obra a pesar de su extensión y las dificultades técnicas, además del ambiente, es decir, de la ubicación y distancia del público asistente. Hay que recordar que el auditorio del ICPNA es un recinto pequeño y solo recibe a 200 personas por presentación, todas muy cerca del escenario. En mi experiencia como músico e intérprete puedo decir que aquel auditorio podría generar más nervios que otras grandes salas. La presencia del público a pocos centímetros del escenario incluso resultaría más intimidante que otros lugares en los cuales los asistentes se encuentran ubicados a varios metros de distancia.

Volviendo al tema de los invitados, la cellista norteamericana Madeleine Kabat participó como solista en el Concierto para cello No. 7, de Boccherini acompañada por la misma Orquesta del Festival, teniendo como día más importante el concierto final del viernes 16, acompañada al piano por la maestra Katia Palacios interpretó la Sonata “Arpegione”, de Franz Schubert y Elfentanz, de Popper, destacándose en ambas por su notable técnica y seguridad con el instrumento.

Lo mejor de Kabat fue probablemente el “Waldstille”, de Dvořák, aquí conocida más por el nombre de “Bosques silenciosos” op. 68 No. 5, una transcripción para cello y piano que el propio compositor hizo de una de las piezas de su ciclo “Desde los bosques de Bohemia” op. 68 originalmente escrita para piano a cuatro manos. Una bella interpretación que invita a seguir redescubriendo la obra del maestro checo. Dentro de los ensambles que integró la joven cellista, cabe mencionar el Trío No. 1 en si bemol mayor op. 99, de Schubert y el Cuarteto para piano y cuerdas op. 47, de Schumann, sin olvidar su participación en las Cuatro Estaciones, de Vivaldi dentro de la Orquesta formada para el festival. No sería mala idea tener a Madeleine Kabat con su propio instrumento para alguna presentación más grande en Lima, como un concierto en alguno de los escenarios que ahora contamos, pues no es muy usual tener solista de cello en aquellos programas sinfónicos a diferencia de lo que ocurre con los violinistas. Sobre todo aquí en Lima, donde hay un amplio repertorio por descubrir.

Una mención aparte merece el joven violinista nacional Lorenzo Costa, hijo de Carlos Costa, que en el segundo día del festival sorprendió al público tras la Introducción y Tarantela op. 43 de Sarasate, en la cual mostró sus cualidades con su instrumento y un futuro prometedor. También participó en otras fechas, precisamente en un cuarteto para cuerdas de Beethoven junto a Leonardo Vásquez y Leonardo Costa, y un quinteto de Dvořák. Pienso que más de uno hubiera querido tener a Lorenzo como primer violín al menos en la obra de Beethoven que se realizó el miércoles 14.

Y si estamos ya mencionando a valores nacionales que participaron en el último festival de música de cámara, no se puede dejar de lado la importancia de haber tenido a la muy joven y laureada pianista Priscila Navarro quien hace poco debutó en el Carnegie Hall de Nueva York y que después de su participación en el festival se presentó en un recital que incluía obras de Bach, Beethoven, Schumann, Liszt, además del estreno nacional de “Ccantu” escrita por el compositor peruano Jimmy López. En el festival, Navarro acompañó a Pikayzen en la Serenata Melancólica de Tchaikovsky y el Tziganne de Ravel el miércoles 14. Ya en el día final y como cierre de dicho concierto, se encargó de la parte del piano en el Quinteto en la mayor op.81 de Dvořák.

De los ensambles cabe destacar el Cuarteto op. 47, de Schumann con Laszlo Benedek y Carlos Costa en los violines, Madeleine Kabat al cello y Patricia Costa al piano; el Trío No. 1 op. 99, de Schubert que contó con Kabat al cello, Katia Palacios al piano y María Elena Pacheco al violín. El Quinteto op. 81 de Dvořák fue, como dijimos párrafos arriba, el mejor final para el festival, una buena versión que corrió a cargo de Igor Pikayzen y Lorenzo Costa en los violines, Carlos Costa en la viola, Leonardo Costa al cello y Priscila Navarro al piano. Un final emotivo de dicho quinteto al igual que el cálido agradecimiento del público en cada noche del festival.

Así lo atestiguan los más de mil asistentes que tuvo el Festival durante la semana y también las personas que se quedaron fuera, dejando así una tarea por resolver: la capacidad de la sala para futuras ediciones. Y es que a pesar de la poca difusión que tiene la música de cámara en nuestra ciudad, la expectativa del público crece año a año para este evento realizado en el ICPNA.

Mi agradecimiento y felicitaciones a todos los que han aportado a la realización de este XIII Festival de Música de Cámara. Esperamos que la intención se mantenga y cada año siga creciendo para un mayor disfrute de este género musical, pero también para seguir descubriendo más jóvenes talentos, tanto nacionales como extranjeros.

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