Aída: cuando la realidad no supera a la propuesta

| Por Pablo Macalupú-Cumpén |

En esta página se ha destacado siempre los esfuerzos que se hacen por llevar la cultura y sobre todo mantener viva la actividad operística en el país. Romanza, hasta el momento, es la única asociación que ha asumido el reto (tremendo) de celebrar el bicentenario de dos grandes compositores como son Giuseppe Verdi y Richard Wagner. De hecho, los esfuerzos son destacables y plausibles tratándose de dos genios cuya representación de su música no es para nada sencilla.

El primer programa de este homenaje fue Aída; no obstante, a pesar de las buenas intenciones, no ha sido lo mejor que se haya visto de esta productora a lo largo de sus temporadas.

Esta ópera verdiana llamó la atención desde su creación. Ya en el estreno de El Cairo, en 1871, la función había congregado periodistas nacionales, extranjeros, artistas y personalidades importantes de Egipto. Verdi, en cambio, estaba preparando también el estreno en Milán. Muy minucioso porque quería garantizar un éxito. De esta forma, accedió a las exigencias económicas de la soprano checa Teresa Stolz. Según cuenta el historiador Pierre Milza, Verdi hizo todo lo posible por conseguir a los mejores para su estreno italiano de Aída. Él quería consolidar el arte italiano en Milán, ya que semanas antes (noviembre de 1871) se estrenaba Lohengrin, de Wagner y se corría al riesgo de que el arte germano ‘invada’ la península italiana.

Al terminar la función, escribe Milza, Verdi fue llamado 33 veces a escena y le regalaron una batuta de marfil con punta de diamante en homenaje y reconocimiento a su obra. Aída fue un éxito arrollador y la Scala alcanzó altísimos niveles de recaudación con la venta de boletos. En ese año se presentó también en Parma, Nápoles y demás ciudades italianas y en los siguientes 5 años se estrenó en Argentina, Estados Unidos, Austria, España, Reino Unido, Francia, entre otros países. Actualmente es una ópera que cuenta con muchas versiones, grabaciones (algunas mejores que otras) y es constantemente programada en todos los teatros del mundo.

Aquí no se veía Aída desde el año 2002 (no 2001 como se ha escrito en varias notas). Es decir, han pasado 11 años desde la presentación de esta ópera en una súper producción en la Huaca Pucllana, que se grabó en la memoria de muchos peruanos.

Esta vez, nos habían anunciado que sería una versión en concierto semiescenificada, ya estábamos con un preaviso. El éxito parecía asegurado: En la conferencia de prensa, el presidente de Romanza presentó a un elenco experimentado y dio detalles sobre una versión en concierto que tenía acción dramática lo cual ponía más interesante la cosa. El Gran Teatro Nacional y su excelente acústica, sus buenos equipos de mecánica teatral e iluminación además de un coro y una orquesta que recientemente habían triunfado con Atahualpa en el Festival Internacional de Ópera Alejandro Granda, también prometían. Los hechos, sin embargo, se diferenciaron mucho de la propuesta.

Maria Pia Piscitelli fue Aída. La mejor de la noche en la última función. (Foto: Ministerio de Cultura)

Maria Pia Piscitelli fue Aída. La mejor de la noche en la última función. (Foto: Ministerio de Cultura)

La soprano Maria Pia Piscitelli (Aída) fue la mejor de la noche, una voz limpia, resonante, un fraseo adecuado apoyado en su natural dicción italiana demuestra su amplia experiencia y buena preparación para este personaje que lo logra con bastantes aciertos, a pesar de una entrada fría en el primer acto y un Ritorna Vincitor que no satisfizo al público que estuvo esa noche  en el Gran Teatro Nacional. Sin embargo, su punto más alto lo alcanzó en su O Patria Mia, bonitos matices en esta conmovedora y delicada aria. Correcta escénicamente en todo momento.

Su amante, el tenor chileno José Azócar cumplió con un Radamés de voz potente, que iba acorde a su personaje. No obstante, esas cualidades de guerrero que debía guardar para los momentos románticos con Aída se quedaron en el camino. Su movimiento escénico no fue el mejor y se le vio muy disparejo en ese aspecto al resto del elenco.

María Luján Mirabelli, como Amneris; y Carlos Martínez como el Rey (Foto: Ministerio de Cultura)

María Luján Mirabelli, como Amneris; y Carlos Martínez como el Rey (Foto: Ministerio de Cultura)

La mezzosoprano argentina María Luján Mirabelli nos ofreció una Amneris con varios problemas en la zona grave de su registro, lo que impedía la comprensión de las frases cantadas. Por momentos se escuchaba que quedaba corta de respiración, exagerando algunas frases cantando a un estilo que no es propio de Verdi. Sus agudos, no obstante, fueron mucho mejores logrando una escena del juicio dentro de lo normal, al que se le suma su gran talento para la actuación.  Sin embargo, esos agudos no tenían la pureza de sonido que debía. De este modo, en el dueto con Aída del segundo acto, Piscitelli superó en este duelo vocal-escénico a la cantante argentina.

Amonasro estuvo encarnado por el barítono italiano Giuseppe Altomare. Demostró mucha presencia en el escenario haciendo un personaje interesante que destaca sobre todo en el III acto con Aída. De hecho, en su visita anterior a Perú, para Il Trovatore, se le escuchaba mucho mejor vocalmente (contando también que tenía muchas más oportunidades para lucirse).

El bajo-barítono Homero Pérez-Miranda hizo Ramfis, un rol al que estamos acostumbrados a escucharlo cantado por bajo y de color más oscuro. Cumple con su papel.

El mismo detalle se siente con el Rey, interpretado por el barítono Carlos Martínez. No obstante estuvo adecuado en su interpretación.

Muy bien la sacerdotisa cantada por la soprano Rosa Parodi y el Mensajero interpretado por Dángelo Díaz.

A la dirección de Reinaldo Censabella, que se ponía interesante por momentos y algo aletargada en otros, sobre todo en los pasajes más románticos, le jugó en contra la imprecisa ejecución de la Orquesta Sinfónica Nacional. Vale señalar también que la orquesta dirigida por Censabella, que no era numerosa, tapaba completamente las voces de los cantantes en muchas ocasiones.

Por otro lado, no se consideraron los planos sonoros que exige esta obra, los coros internos y la parte del juicio fue en escena y al final de la ópera el volumen del coro estaba a un mismo nivel que el de Radamés, Aída y Amneris.

Bien la ejecución del Coro Nacional sobre todo a partir del segundo acto.

La producción escénica (o semiescénica) tampoco tuvo un buen momento. De hecho, la dirección actoral de los personajes estuvo adecuada, pero sin mayor novedad. Al no considerarse musicalmente los “planos sonoros”, tampoco se vio lo mismo en el escenario. Espero que no haya sido la dirección escénica la que haya determinado ‘cantar todo sobre el escenario’. A pesar de eso, durante la escena del juicio a Radamés, por ejemplo, podemos ver al Sacerdote juzgando al vacío porque el acusado no estaba ahí.

Había un Siparietto (un telón transparente) que hacía una suerte de ‘pared’ con la que se intentaba disminuir la presencia estática del Coro Nacional; no obstante, ¿si era esto entendido como una barrera visual, por qué hacer la escena del juicio con el sacerdote arriba del escenario -detrás de este telón transparente- pero sin la presencia de Radamés?

La presentación de la pareja de bailarines estuvo dentro de lo normal, aunque hubo momentos de descoordinación.

El trabajo de iluminación estuvo adecuado por momentos, pero parece que no tuvo una planificación o no estuvo bien planteado el esquema porque durante la segunda mitad de la ópera hubo varios errores como cambiar de colores constantemente.

Muy bellos los decorados colgantes que aludían al Antiguo Egipto.

Y en los aspectos menores, pero importantes para el público, fue vergonzoso ver que por un momento, antes de terminar el segundo acto, se cambie en plena función ¡¡el tamaño de la letra de los sobretítulos!!… el espectador no solo veía la ópera en el escenario, sino también veía una cómica escena de arreglos técnicos que se proyectaba arriba de la sala del Gran Teatro Nacional.

Quienes estuvieron en la última función de Aída podrán coincidir conmigo o no. Pero esta es mi percepción de cómo se deslució una presentación que prometía, según los organizadores, ser exitosa. Como dije al inicio de este texto, se reconoce y valora mucho el esfuerzo, más aún siendo una coproducción con el Gran Teatro Nacional y el Ministerio de Cultura. Pero con las vallas y el nivel de espectáculos que han dejado las presentaciones anteriores en ese escenario, se debería tener más cuidado en la etapa de pre y producción de un espectáculo. Apoyar el arte hecho en el Perú implica también cuidar y velar por su alta calidad y buena presentación ante el público.

Lo escrito aquí no va con ningún ánimo de molestar o enfurecer a nadie, sino con la finalidad de que este complicado homenaje que, muy valientemente ha asumido Romanza, cumpla y satisfaga con sus próximos programas al público limeño que, cada vez, se pone más exigente.

De esta Aída no queda más que decir que fue un buen intento.

Ficha:
Comentarios de la  última función de Aída, de Giuseppe Verdi. 12 de abril de 2013. 8:00 p.m. Gran Teatro Nacional del Perú. Maria Pia Piscitelli (Aída), María Luján Mirabelli (Amneris), José Azócar (Radamés), Giuseppe Altomare (Amonasro), Homero Pérez-Miranda (Ramfis), Carlos Martínez (Il Re), Rosa Parodi (Sacerdotisa), Dángelo Díaz (Mensajero). Orquesta Sinfónica Nacional del Perú. Dirección musical: Reinaldo Censabella. Coro Nacional del Perú, director: Javier Súnico. Coordinación escénica: Emilio Montero. Diseños escenográficos: José Sialer.
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3 comentarios en “Aída: cuando la realidad no supera a la propuesta

  1. Comparto lo escrito en este artículo. Una demostración de que a veces se crea una espectativa tan grande que pude ser de doble filo y así difícil de superar. Más aun teniendo en cuenta el nivel de otras producciones del mismo Romanza y del Festival Granda que poco a poco acostumbran al público a desear más y más espectáculos de nivel. Yo sí agregaría lo siguiente: Teniendo en cuenta que se sabía de antemano y hace mucho que sería esta producción en versión semi-escenificada, entonces no había que hacerse tantas ilusiones con la escena y la dirección, entonces la responsabilidad mayor recae en la versión musical. Esa es la parte en la que debe tenerse mucho cuiado y creo que no fue así. El nivel que poco a poco ha ido mejorando la Sinfónica Nacional – quizás ayudado por la acústica – en las presentaciones de su temporada regular en el Gran Teatro Nacional, nos hacía presagiar un nivel musical y una versión dignas de escuchar. No creo que el foso haya influenciado, talvez una mala disposición del audio y micrófonos, no se, pero son detalles que deberían resolverse antes del estreno absoluto. La descompensación sonoro que hubo entre la orquesta – que no es para nada grande ni poderosa – y los cantantes no fue lo único que afectó el mejor disfrute posible. También hubieron varias partes orquestales en las que un director de orquesta debe hacerse notar, detalles en la interpretación que pasó por alto, casi como por agua tibia. Tanto así que lo único que me pareció resaltante de la labor del conductor sería el inicio del acto 2 en el que el arpa hace la introducción en una velocidad distinta a la entraará segundos después el coro, esa fue la única innovación interpretativa de aquella noche. La intención es buena, de hecho, pero hay que ser cuidadosos con lo ofrecido, no queremos dormirnos en nuestros laureles que artísticamente no son muchos. Hay que seguir avanzando, el camino está allí, no hay que ni estancarnos ni desviarnos.

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    • Muchas gracias, Dr. Enrique Bernales Ballesteros y Asociación Romanza por ese elogio a la crítica de arte. En este medio tenemos como bandera y propósito el conocimiento, la objetividad y la honestidad completa, siempre ética, y aunque a muchos les incomode. ¡A seguir sumando fuerzas por la cultura de nuestro país!

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