El empuje del Festival Granda

El último fin de semana el director de orquesta Matteo Pagliari nos envió desde Italia un interesante mensaje con su percepción sobre la edición 2013 del Festival Internacional de Ópera Alejandro Granda.

En esta carta abierta dirigida tanto a la organización como al público en general, el exdirector titular de la Orquesta Sinfónica Nacional saluda las iniciativas artísticas propuestas por el equipo liderado por Ernesto Palacio, y anima a seguir ese camino por el bien de la cultura en el Perú.

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Podría parecer raro que yo escriba sobre un Festival al cual no he asistido, pero no se preocupen: no quiero comentar ni Guillermo Tell ni Atahualpa (aunque no sería la primera vez que un “crítico” escriba sobre un espectáculo que no ha visto, pero vamos…). Deseo comentar, en cambio, sobre lo positivo que se ha percibido y se sigue percibiendo, también “a la distancia”, de la edición 2013 del Festival Granda. Son consideraciones que escribo libremente y que derivaron de la presentación de la cartelera. Las hubiese escrito en ese momento, pero se habría pensado que era un elogio “a priori” y nunca es bueno cuando pasa esto porque cualquier resultado, así sea extremadamente positivo, será filtrado a través de expectativas exageradas y no será reconocido adecuadamente. Por ello, decidí guardar esas reflexiones en mi computadora y esperar al menos el estreno de Atahualpa para hacerlas públicas.

En los últimos años, el Festival Granda ha demostrado poseer todas las mejores características que un evento internacional de esta magnitud necesita: artistas de gran nivel, con frecuencia jóvenes; nuevas producciones, siempre minuciosas; y, sobre todo, una línea bien determinada respecto al repertorio propuesto. Los elementos enumerados son exactamente los necesarios para caracterizar un festival y, en particular, la elección de un repertorio es lo que puede distinguirlo definitivamente; sobre todo cuando no nos encontramos frente a una manifestación “monográfica”, como por ejemplo el Festival Rossini de Pesaro, el Festival de Bayreuth, etcétera.

Entonces, en el curso de los años, la decisión de presentar Norma, Favorita, El Barbero de Sevilla y, este año, el Guillermo Tell, caracteriza de una manera nítida una manifestación que, sin embargo, también nos ha regalado muy felices “excepciones” como Attila, Don Carlo o el Requiem de Verdi (para recordar solo los títulos de los últimos años: ¡no piensen en una exclusión voluntaria!). Todo esto confirma la impresión de tener, en realidad, uno y solo un gran objetivo que reúne finalmente a lo demás: la calidad de las producciones, ante todo.

Pero lo que este año realizó el Festival Granda, según mi parecer, representa el logro de un ulterior objetivo y, junto a esto, la adición de una pieza determinante para definir esta manifestación. La recuperación de Atahualpa, ópera desconocida y nunca escuchada en casi 150 años (al menos, no en la reorquestación realizada especialmente para el Festival), es una declaración de intentos que considero no solo digna de los más altos elogios, sino también absolutamente fundamental para la vida musical de una capital como Lima.

En los párrafos anteriores hablaba un poco de los elementos que caracterizan la línea de un festival y solo uno de esos componentes quedó afuera, pero aquí lo tienen: proponer música nunca antes escuchada, ya sea porque se escribió en tiempos muy cercanos o porque fue recuperada después de muchos años de olvido.

En las decisiones artísticas de Ernesto Palacio siempre hay una pequeña dosis de lo que yo llamo “riesgo calculado”, típico de las personas con visión de futuro y extremadamente conscientes (de Karajan, uno de sus biógrafos decía que él era capaz, en el podio, de mantener un “éxtasis controlado”). Y es, exactamente, tomarse ese riesgo la única forma de dar cada vez un empuje, siempre un poco más, siempre un poco más…

Este año, la dosis fue todo menos “pequeña”, empezando desde la decisión de representar una ópera compleja y no muy familiar para el público como Guillermo Tell, incluso acompañada por el interés general del debut de Juan Diego Flórez en un nuevo rol; y ha proseguido con el proyecto de Atahualpa llevando, felizmente, a la consagración de esta edición, no obstante algunos cambios ocurridos en el curso del último año y medio, ante todo la renuncia de Plácido Domingo, entusiasta partidario del proyecto desde el principio (estamos hablando del 2009, época del concierto de Domingo en la Explanada. En esa ocasión se le enseñó la partitura para canto y piano de la ópera. Lo hizo mi amigo Miguel Molinari, a quien se le debe reconocer la autoría de la idea originaria).

Para decir una vez más que no es “un nombre” el que puede garantizar el éxito de una producción, sino el altísimo nivel de todas las fuerzas involucradas, como fue esta vez también, tanto para el Tell como para Atahualpa.

Espero que no parezca poco delicado que yo no esté nombrando a los artistas que participaron en ambas producciones este año. Me parecería indecoroso hablar de músicos que no escuché y de puestas que no vi y de las cuales he leído bellas notas. Tomarlas en préstamo sería poco elegante y solo por esta razón prefiero evitarlo.

Ya lo dije en otras ocasiones, pero quiero decirlo una vez más y reforzarlo. En esta época, sobre todo en Italia, asistimos a un progresivo empobrecimiento de la vida musical, a una falta de estímulos que se traduce en el proponer de nuevo cosas vistas y escuchadas varias veces, y que en muchas ocasiones fueron mejor realizadas en el pasado. Las inversiones en temas culturales son cada vez más reducidas y la atención hacia los jóvenes músicos poco a poco desaparece.

Por esta razón miro con suma alegría y sincera gratitud a lo que pasa en Lima, una ciudad que por obvias razones me queda muy “cercana”, no obstante los siete husos horarios que nos separan. El deseo de todavía hacer, de hacer bien, de hacer “no obstante todo” que anima el Festival Granda es algo que debe interesar a todos, no solo para disfrutar en el momento de las funciones, sino desearlo y quererlo junto a Palacio y a las personas que con él trabajan en este proyecto.

Matteo Pagliari
24/03/2013

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2 comentarios en “El empuje del Festival Granda

  1. El rescate de la ópera Atahualpa es un gran mérito del festival y de las diversas personas involucradas en el proyecto. Para los espectadores ha sido un acontecimiento inolvidable. La mayoría no conocíamos ni teníamos noticia de la existencia de esta obra, que ha resultado ser hermosa y muy emotiva. Yo fui pensando asistir a la presentación de una curiosidad cultural, una antigualla sin mayor mérito que el desarrollar un tema peruano, pero disfruté intensamente la obra, como todo el público, y el prolongado aplauso final con ovación no fue gratuito sino expresión de la emoción que la obra y los artistas que la presentaron supieron transmitirnos.

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