Idomeneo: La palabra y la música

| Por Jorge Smith Maguiña
Colaboración para @CamelloParlante|

En una decisión bastante generosa, digna de elogio y que esperamos suscite imitación por parte de otras instituciones académicas, la Universidad de San Martín de Porres, ha apoyado múltiples actividades culturales por la celebración de sus 50 años de creación. Entre ellas hay que resaltar un claro y contundente apoyo al arte lírico produciendo la puesta en escena de dos obras mayores del repertorio musical: Idomeneo de Mozart y Turandot de Puccini (esta en coproducción con Romanza). Dos propuestas distintas y atinadas con espacios escénicos ad hoc para el repertorio escogido y que manifiestan un claro compromiso de la citada universidad de apoyar el arte musical y sobre todo lírico. Aplaudimos la generosidad ejemplar de este centro de estudios.

Idomeneo es una producción propia del Instituto de Arte, presentada en el Teatro Municipal, la cual ha permitido darle una oportunidad a nuevos valores del arte lírico local y desde ya a un joven talentoso director de escena como lo es Jean Pierre Gamarra. La obra es extremamente difícil en lo instrumental, vocal y en lo escénico, y cabe resaltar que ha tenido muy buena acogida en sus tres presentaciones.

Esta no es una obra fácil. Componerla para Mozart fue tener la ocasión de plasmar en la partitura todo lo que había aprendido hasta entonces. Desde ya tenía que lidiar con un libreto bastante tradicional y extravagante, como los que solían ser propuestos a los compositores de la época. En este caso un episodio a Idomeneo, rey de Creta, un sobreviviente de la guerra de Troya.

Dicha guerra, ocurrida en un tiempo mítico, era una fuente inagotable de temas para los libretistas de la época y había episodios para todos los gustos. Solo en el siglo XVII se crearon cerca de 350 óperas sobre el tema troyano.

La trama es simple: Idomeneo se compromete a sacrificar a la primera persona que encuentre al llegar a salvo a la costa luego de una tormenta. Es a su hijo Idamante a quien encuentra. Trata de eludirlo, pero le es imposible. Idamante acepta  ser sacrificado, pero Illia que lo ama, quiere ser sacrificada en vez de él. Los dioses se apiadan y piden a Idomeneo eludir el sacrifico, pero a cambio de abdicar a nombre de su hijo Idamante.

Hubo episodios para todos los gustos y, evidentemente, muchas veces la propuesta que se tomaba era la del libreto que mejor complacía a quien contrataba la composición de la obra, en este caso, el flautista amateur y melómano, príncipe elector de Bavaria,  Karl Theodor. Por decisión propia o aconsejado por amigos de su entorno, este solicitó al compositor hacer una obra para los carnavales de 1781.

La propuesta de crear una ópera le cayó a pelo a Mozart, aunque el encargo fue un rescate más psicológico que financiero. Él atravesaba  una época muy productiva en la composición de su música instrumental de todo tipo, adquiriendo una total maestría en lo que se dio por denominar, el “estilo clásico”, que es lo que según Charles Rosen, lo caracteriza a Haydn, Mozart y Beethoven y cuyas características son en lo musical, la frase breve, periódica y articulada.

Por otro lado, en lo psicológico, Mozart  languidecía y estaba permanentemente amargado, por el trabajo rutinario que tenía en la corte del arzobispo de Salzburgo, Jerónimo de Colloredo-Mannsfeld, quien no reconocía su talento y de alguna manera hasta obstaculizaba el desarrollo del genio que trabajaba para él y por un mísero salario.

Esa fue una de las razones por las cuales aceptó los 200 ducados (un equivalente de 4 mil dólares actuales) que le pagaron por componer Idomeneo, no era el oro del mundo y ni siquiera la mitad de lo que hubiese cobrado Salieri, pero dicho encargo le permitió a Mozart por una vez, entregarse a componer para lo que más amaba: el teatro.

Esos años, por sí mismo, Mozart estuvo descubriendo las posibilidades de la palabra cantada, buscando una relación más eficaz en lo musical y lo expresivo entre la palabra y la música. El compositor tenía un interés casi obsesivo por el teatro y se lo manifiesta explícitamente a su padre en su correspondencia. Así en 1777, le escribe:

“Me basta con oír hablar a la gente de una ópera, me basta con estar en un teatro, escuchar a los músicos afinar los instrumentos, para… ¡Ah! ¡Es que me salgo de mis casillas de solo pensarlo!”

 Y el año siguiente, en 1778, en forma más insistente le reitera a su padre:

 “No se olvide de mi deseo de escribir ópera. Envidio todo el que este escribiendo una ópera. Podría echarme a llorar de lo impaciente que me siento cuando veo o cuando escucho un aria.”

Con Idomeneo por primera vez una ópera seria ya no sería un monótono desfile de arias y recitativos sino, un claro y contundente rescate de la palabra poética, sirviendo y coincidiendo esta vez, con una inspiración musical superior, que mejoraría en cada obra ulterior y que nunca sería ni superada o ni siquiera igualada. En Idomeneo, la música de Mozart de alguna manera transforma el texto, dilata la pronunciación de las sílabas cuando lo considera necesario, hasta extraer su verdadera intención dramática, con propuestas musicales novedosas y hasta desconcertantes.

Obertura de Idomeneo (Mozart)

Obertura de Idomeneo (Mozart) – Imagen http://www.omifacsimiles.com

El interesantísimo estudio de Paolo Gallarati “La forza delle parole. Mozart drammaturgo“, nos muestra cómo progresivamente en las grandes arias que compuso antes del Idomeneo, como lo son “Voi avete un cor fedele” K. 217, luego “Ombra felice io ti lascio” K. 255 para contralto, para luego continuar con el recitativo, aria y cavatina para soprano y orquesta “Ah, lo previdi -Ah, t’invola – Deh, non varcar” K. 272 y luego componer la espectacular aria “Non so donde viene” K. 294 (disponibles en YouTube). Escuchar estas, o la totalidad de la casi docena de arias que Mozart escribe desde mayo de 1775 y enero de 1779, es ser testigos de algo extraordinario, que es el de ver a Mozart descubrir, la posibilidad expresivas de las palabra individual, de las mismas sílabas o de las letras, abandonando lo que era lo común de la época y totalmente imperante antes que él, como lo era el tener como referente para componer música de ópera, el esquema rítmico y el ritmo del verso.

La ópera bufa y la ópera seria, habían relegado el desarrollo argumental al recitativo, lo cual daba una importancia excesiva a las arias y dúos. El desarrollo de las obras antes de Mozart, se centraba en la confrontación entre los personajes, en vez de estructurarla en torno a la acción. Para el hombre de Salzburgo, la intervención de cualquier personaje, rey o vasallo, tenía el mismo valor musical. La verdad musical era lo importante y por eso impregno después a sus personajes del más grande realismo, mostrando la sinceridad de lo trivial.

Idomeneo es justamente el reflejo de esta intuición genial de Mozart, que estaba resolviendo musicalmente, las trabas que tenían empantanados a los más grandes compositores, incluso Gluck, en quien Mozart admiraba el manejo musical del coro y la expresividad dramática. Lo descubierto por Mozart sin embargo iba a ser posible solo cuando encontrase un libretista de genio, a la medida de su talento, como ocurrió años después cuando conoció a Da Ponte.

Para la ópera que tratamos aquí, se le propuso como libretista al jesuita Varesco, por razones muy prácticas ya que, al igual que Mozart, estaba radicado en Salzburgo. Aunque después de componer los primeros dos actos se mudó a Munich, para ver todo lo concerniente a los cantantes y la orquesta. Es mérito de Varesco haber permitido que tanto Mozart como su padre, metiesen mano en el libreto en todo aquello en lo que les dio la gana.

A diferencia de Wagner que escribió sus propios libretos y luego compuso la música de sus óperas, Mozart, al igual que Verdi, no escribía sus libretos, pero eso sí, ambos maestros tenían una idea clara de a dónde querían llegar en lo dramático y trataban de ocuparse luego de todos los detalles de la presentación de sus obras.

Hay interesantísimas apreciaciones sobre la dramaturgia del Idomeneo entre Mozart y su padre, recortes, ideas sobre cómo debe entonarse debidamente el texto, apreciaciones sobre las capacidades reales de los cantantes que había en Munich, inclusiones y exclusiones de todo tipo, porque Mozart quería hacer coincidir el libreto con todo aquello que había estado indagando sobre las posibilidades expresivas de la palabra en música. Mozart opina también como debe hacerse la puesta en escena y al final tiene como resultado dos textos impresos, uno con la totalidad de la obra y otro reducido, que permiten en forma meticulosa ver todas las fases de la composición. Sobre ninguna ópera del genio poseemos tan rico y abundante material.

Esta ópera tiene para Mozart, como dice Gallarati, el lugar de un laboratorio musical, de un campo de pruebas, en el cual va a consolidar su madurez creativa en lo operístico para años después dar lugar a las increíbles joyas creativas que se esperaban de él. Nos referimos a la trilogía con los libretos de Da Ponte e incluso el mismo Rapto en el Serrallo, que vendría al año siguiente de Idomeneo, donde los personajes tienen una mejor y mayor caracterización musical.

Mozart: Idomeneo (Producción USMP. Teatro Municipal de Lima - Foto: David Chávez)

Ahora hablemos de la puesta en escena en Lima realizada hace algunas semanas. En lo que concierne a la parte orquestal, ha sido cumplidora sin más. Los maestros que estaban en el foso son verdaderos profesionales, pero no se les podía pedir que viertan una partitura tan compleja con tan pocos ensayos. Las discordancias ya se veían en el ensayo general y queremos creer que hubo descoordinación administrativa para no planear la presentación con algunos ensayos más, lo cual hubiese permitido sobre todo un mayor afinamiento entre la parte cantada y la orquestal. Un par o tres ensayos más, hubiesen ofrecido un rendimiento óptimo. Habiendo asistido a las tres presentaciones, puedo decir que algunos de los solistas daban la impresión de no haber ensayado ni una sola vez con la orquesta, pues el balance sonoro entre sus intervenciones y la orquesta era simplemente inexistente. El director musical, el maestro Dante Valdez, tiene una solida formación musical y conociendo la complejidad de la partitura de esta ópera, debió solicitar simplemente más ensayos.

Desconocemos las razones por las cuales, esto no se hizo con la debida antelación. Siendo uno de los eventos centrales por los 50 años de la universidad, una institución como la Universidad de San Martín de Porres, que busca la excelencia en todo lo que hace, no hubiese regateado el costo de tener unos ensayos más.

La parte musical de esta ópera es simplemente sublime en todo momento. Lleva la firma de Mozart, en el estilo y la inspiración que recorre sus 333 páginas de partitura. El que amaba la viola como ningún instrumento, introduce por primera vez el clarinete en una ópera y después dicho instrumento estará omnipresente en sus posteriores obras.

El bordado mozartiano es tan complejo y delicado en la parte orquestal, que cualquier error o desbalance se notan. No se precisa un volumen excesivo, pero sí una extrema musicalidad, como también en la parte cantada una extrema precisión en el fraseo, que a veces es más importante que la brillantez vocal.

En la parte cantada hay que sobresaltar la extraordinaria voz del tenor polaco Tadeusz Szlenkier, en un rol complicado pues no es fácil transmitir lo que ocurre en la conciencia del atribulado Idomeneo, desgarrado entre el amor filial y su responsabilidad como gobernante. Voz seca de tenor, pero extraordinariamente expresiva y sobre todo con una dicción muy clara, su entrega fue muy equilibrada en cada presentación de las tres que se dieron. Su entrega del aria “Fuor del mar ho un mar in seno” fue magistral.

La mezzosoprano ucraniana Olga Shvydka también, excelente en el rol de Idamante, tanto en los dúos como en el cuarteto. Su personaje diseñado con la debida expresividad, impecable en la parte actuada y gestual. Del resto del elenco se puede decir que cumplió.

Mozart. Idomeneo  (Producción USMP) - Foto: David Chávez

Mozart. Idomeneo (Producción USMP) – Foto: David Chávez

Felicitamos a Jean Pierre Gamarra de haber aceptado este desafío, en una ópera nada fácil que no permite una gran brillantez, ó lucimiento del talento de un director de escena. El decorado tenía la sobriedad debida y tal vez sí hubo un exceso de iluminación, lo cual distraía la concentración, sobre todo en la participación de personajes como Electra. Demasiada luz, tampoco permitía un contraste adecuado para apreciar la insistente presencia de los truenos y relámpagos en esta ópera.

Faltó una mejor forma de hacer presente al mar, ese personaje tan importante para los griegos. A diferencia de los romanos que construyeron caminos para ir a cualquier lugar, los griegos todo lo hacían por mar.

Ha sido osada la idea de presentar esta obra de Mozart y se ha abierto un trecho para desafíos mayores, sobre todo en espera del próximo año que es el bicentenario de Verdi y Wagner.

Anuncios

Comenta, pues

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s