Don Carlo: la ópera de los idealismos frustrados y las pasiones inconclusas

La magistral ópera de Verdi “Don Carlo” ha sido presentada en Lima por primera vez con todos los honores.

Por Jorge Smith
Colaboración para Camello Parlante

Gracias a la iniciativa y gestiones de Ernesto Palacio, director artístico del Festival de Ópera Alejandro Granda, hemos tenido un elenco de lujo que ha sobrepasado cualquier expectativa en la parte vocal, en una puesta en escena hermosa y supervisada en todos los detalles y lo que es más, en una puesta en escena cuya novedad es que es latinoamericana por sus cuatro costados, pues para esta producción original de la Ópera de Bogotá se han unido talentos de Argentina, Uruguay y Brasil. Los cantantes y la dirección artística han estado bajo la conducción de Alejandro Chacón y la parte musical a cargo del experimentado maestro norteamericano Eugene Kohn, ya conocido en nuestro medio pues ha estado seis veces en Lima, dos de las cuales acompañando nada menos que a Plácido Domingo, de quien es uno de sus acompañantes preferidos.

Decimos que hubo un elenco de cantantes de lujo, pues tener sobre la misma escena a Daniela Barcellona, Giuseppe Filianoti e Ildar Abdrazakov, entre otros no es poca cosa. Hacer coincidir las recargadas agendas de estos requeridos cantantes, para que estén al mismo tiempo en nuestro país no es algo fácil, pues es una logística compleja y además costosa. Lo loable de este esfuerzo liderado por Ernesto Palacio es que este tipo de empresas sigue siendo un esfuerzo privado.

En Perú, el apoyo de las instituciones oficiales es algo tímido o inexistente, lo cual está en contradicción al interés creciente de muchos jóvenes y talentosos músicos de ser parte de nuevas orquestas y ver la opción de la profesión musical como una elección válida. Qué lejos estamos de Venezuela donde el estado mismo apoya o de Chile, donde una Municipalidad como la de Santiago de Chile está tan comprometida con el desarrollo musical.

Lo paradójico es que en los últimos años tenemos tres nuevos teatros en Lima totalmente renovados, el Alejandro Granda del Callao, el Teatro Municipal de Lima y también el nuevo Teatro Nacional. Tenemos pues, donde presentar cosas y por no haber sembrado semillas, ahora simplemente no sabemos qué poner en dichos lugares. Lo interesante, y es lo que nos dicen muchos músicos foráneos, sobre todo europeos es que, en un momento que cierran teatros en Europa o reducen considerablemente presupuestos, en esta parte del mundo hay un florecimiento de la actividad operística y eso suscita incluso interés de reconocidos cantantes de venir a cantar. La relativa buena situación económica que atraviesa el país, está haciendo, por otro lado, que se traiga de afuera todo tipo de espectáculos, lo cual antes no era posible.

Si hay una ópera sobre la cual Verdi fue sumamente cuidadoso en escoger a sus cantantes desde la primera presentación de la obra en Paris, esta fue justamente Don Carlo. Para el maestro fueron agotadores meses el apoyar todos los detalles para el estreno de la ópera en París en 1867 y lo peor es que los ensayos y el estreno estuvieron enmarcados entre las muertes de su padre, Carlo Verdi en enero y de Antonio Barezzi en julio. Este último fue como el segundo padre de Verdi ya que lo apoyó desde el inicio en todo lo que hizo.

En París, el mismo Verdi se ocupó de preparar a los cantantes y de exigir que haya un nivel de calidad uniforme en el elenco y sobre todo que haya el número de ensayos necesarios. Era consciente de las dificultades vocales e interpretativas que planteaba Don Carlo, y de allí incluso su reticencia a dar el visto bueno para que se hiciesen las primeras presentaciones de la obra en su propio país en la versión italiana si no se diesen las condiciones requeridas.

Al final, las presentaciones se dieron, tanto en Boloña como en Milán, prácticamente supervisadas directa o indirectamente por el mismo Verdi y conducidas por directores que tenían la total confianza del maestro. El director de orquesta Mariani por ejemplo, que dirigió la puesta en Boloña, no solo idolatraba a Verdi sino que incluso vivía en uno de los pisos de la casa que Verdi en Génova. Por lo mismo Mariani conocía meticulosamente cada una de las exigencias del maestro.

Para la puesta en escena en Milán, Verdi evitaba colaborar, pero por otro lado le interesaba enormemente que se hiciese, pues La Scala fue el escenario de sus primeros triunfos y en la cual no había puesto los pies en más de 20 años. Sus exigencias de calidad eran casi obsesivas y las múltiples cartas al editor Ricordi al respecto y, sobre todo, dándole respuesta en relación a los cantantes a escoger para el estreno son prueba de aquello.

Citamos una que nos muestra al maestro en ese afán de perfección:

“Pon de lado todos tus intereses, tus simpatías, tu deseo (si tienes alguno de verdad) de ver    presentada mi ópera ahora y dame tu verdadera opinión. Háblame de la calidad y la fuerza de la voz de esos cantantes, su entonación, su estilo de canto, su pronunciación y sobre todo cómo actúan ellos. Ten cuidado, porque presentar a un Felipe II que parezca un estúpido es absurdo” (11 enero 1968).

Alejandro Chacón, el autor de la puesta en escena en Lima, es sin duda uno de los más experimentados productores de ópera de Latinoamérica. Su experiencia y talento lo están llevando a plantearse retos cada vez más difíciles y sin duda el Don Carlo era un desafío mayor, pues esta ópera tiene esa llamada inconsistencia dramática, con una evidente lentitud de acción y largos soliloquios cantados de los personajes que ya, cuando se estrenó en Paris, hizo que se le acusase a Verdi para bien o para mal de wagnerizar su talento. A Verdi le molestaban esas apreciaciones y las rechazaba de plano como en la nota enviada a Escudier después de haber recibido las críticas del estreno en París:

“Así que ahora soy casi un perfecto wagneriano. Pero si aquellos que me critican, pondrían un poco más de atención, encontrarían que intenté lo mismo (que en Don Carlo) en el trío de Ernani, la escena del sonambulismo en Macbeth y en otras. La pregunta real no es si Don Carlos tiene otros referentes, sino si la música de esta obra es buena o mala. Esa es la pregunta, clara, simple y sobre todo justa.” (1 Abril 1867)

En su puesta en escena, Chacón logra justamente y con suma habilidad neutralizar esta inconsistencia dramática. Logra hacer dinámico lo que puede parecer estático y tener al público pendiente de cada gesto del personaje, aún cuando este no esté cantando en ese preciso momento, y eso es algo que pocos directores alcanzan. Chacón lo hace con una ópera tan compleja, donde hay muchos niveles de lectura, tramas diversas que se entrecruzan y que presuponen además información previa diversa por parte del espectador. Muchas arias son no solo densas y pueden parecer extremamente largas y hay el riesgo de que el público caiga en el tedio o el aburrimiento. Simón Boccanegra y Don Carlo pueden adolecer de esto si no hay una regia atrayente o no hay cantantes que tengan un altísimo nivel, y que además este sea homogéneo.

Festival Granda 2012: Don Carlo  (Foto: Javier Súnico)

La orquesta por otro lado estuvo excelente, con el maestro Kohn omnipresente en todo instante, inspirado y emotivo, pero guardando un equilibrio sonoro a lo largo de los cuatro actos. Daba las indicaciones precisas a la entrada puntual de cada instrumento y sobre todo a la intervención de los tutti. Extraía de sus músicos como él lo quiere, todo aquello que de un instrumento musical puede asemejarse a la voz humana para de alguna manera, más que acompañar a alguien, cantar al unísono con el solista o el coro.

Las cuerdas sobre todo estuvieron espléndidas, lideradas por un primer violín tan experimentado como la maestra María Foust. Don Carlo es una obra donde la parte sinfónica es muy importante, donde la orquesta sola muchas veces comenta musicalmente lo que cantan los personajes.

En una obra tan larga, mucho ayuda a mantener viva la atención. El extraordinario manejo de la iluminación que estuvo a cargo de Caetano Vilela, la cual se realiza frente a un fondo permanentemente oscuro, que más bien en otras puestas en escena suele estar excesivamente recargado.

Aquí el escenario está formado por desnudos y masivos muros. La iluminación justamente acentúa esa atmósfera, pesada y densa. No hay luz del día en ese mundo, ni en la escena del jardín. Ese claroscuro, es justamente la atmósfera del reinado de Felipe II, un mundo ordenado por fuera, pero con múltiples intrigas, complot y sublevaciones por dentro. El episodio de Don Carlo es pretendidamente uno de los tantos episodios de sublevación.

La misma vestimenta del rey, en blanco y negro sintetiza la época. Un rey que era austero pero no necesariamente sombrío. Poco se sabe que Felipe II era muy bailarín y le gustaban las fiestas, pero era un rey abocado a su tarea pues sobre sus espaldas caía la responsabilidad de gobernar sobre casi la mitad del mundo. Lo hacía en forma férrea, para poder ser eficaz a causa de lo cual se le ha cargado toda una leyenda negra, en mucho por lo metida que estaba la iglesia, en su rostro más macabro como fue la inquisición, magistralmente encarnada en la figura del Grande Inquisitore en la voz de Marco Spotti.

El ciego inquisidor sí es un personaje sombrío, vestido de rojo, como la sangre de los infieles que reclama insaciable, como el color del cual deben teñirse las espadas que deben reprimir a los revoltosos flamencos que pretenden apoyar Don Carlo y el Marqués de Posa.

Schiller sobre todo, pero menos en el texto de la ópera de Verdi, le dan a Don Carlo y Posa, un encendido idealismo, que al final va a ser frustrado. El dramaturgo alemán encarnó en el marqués de Posa, sus ideales libertarios trasladándolos a la España de Felipe II.

La escena del auto da fe, episodio del libreto que no existía en el texto de Schiller, es impresionante y muy bien lograda. El vestuario presentado por Adán Martínez es el adecuado.

La primera presentación del Don Carlo en Lima ha sido fluida en todo momento. Las casi tres horas que ha durado la obra hubiesen podido incluso ser más largas. El público ha estado atento en todo momento y satisfecho de presenciar quizás una de las mejores presentaciones que se han hecho en Lima en los últimos años, sobre todo para una obra tan difícil.

Conforme pasaban los minutos el deleite que nos daba esta ópera es cada vez mayor y el clímax de belleza de la obra está sintetizado en ese diálogo final entre Don Carlo y Elisabetta en el último acto, en esa interminable despedida entre ambos, brutalmente interrumpida por la llegada de Felipe II.

Ese momento fue la parte más inspirada en el acompañamiento orquestal. El maestro Kohn hacía volar a la orquesta, todo era como un gigantesco legato, como si la continuación de la melodía fuese la única forma de evitar que Don Carlo y Elisabetta se separasen. Fue un momento mágico, de suprema belleza en que la búlgara Nikolaeva y el italiano Filianoti dieron lo mejor de sí. Como nunca comprendimos que Don Carlo debe ser cantado por un tenor lírico spinto nato, o sea lírico con tendencia a lo dramático.

Don Carlo, Giuseppe Verdi (Fotografía: Javier Súnico)

Es ingenuo y hasta tonto querer buscar una fidelidad histórica en muchos de los libretos de Verdi. En el caso de Don Carlo la versión que da Verdi del personaje principal, no tiene que ver ni con la verdad histórica, ni con el texto de Schiller en el cual originalmente se inspira el libreto.

El Don Carlo de Verdi es simplemente suyo, un personaje que humanamente fue sin duda contradictorio, siniestro y pueril en muchas cosas, pero en el cual desde el inicio el compositor vio un carácter que tenía una gran potencialidad dramática.

Muy logrado el dueto de Don Carlo con Posa en el primer acto, luego en otros momentos la de él con Elisabetta y en el trío con Eboli y Posa. Marco Caria, es un extraordinario marqués. No siempre fue absoluto el alineamiento sonoro cuando cantan al unísono con Don Carlo, pero la voz de cada uno es hermosa y con el toque dramático preciso; además, son excelentes actores. Aunque toda comparación es una ofensa, por siempre nos quedará haber escuchado el mismo dúo cantado alguna vez por Sherrill Milnes y Plácido Domingo.

Cualquier nueva escena en Verdi tiene una complejidad musical creciente. Algunas escenas incluso dentro de cada acto son mini óperas dentro de la obra, como podría ser un bolero, que es una ópera de tres minutos para una sola voz.

En la trama, al margen del pleito sobre los levantiscos flamencos, el otro tema es el amor despechado de la torturada Princesa de Éboli por Don Carlo, el origen de muchas desgracias que ocurren. El Felipe II de esta producción esta extraordinariamente cantada por Ildar Abdrazakov.

Las mezzos suelen ser las mal paradas en cuestiones del afecto en las tramas operísticas, sobre todo en Verdi y, en esta ópera, la Princesa de Eboli es una verdadera caja de Pandora. Don Carlo tiene otras preocupaciones en la cabeza. No le interesa Eboli. Esta última que pronto enviudará y ya es amante de Felipe II y ahora quiere a Don Carlo el hijo de este. Los celos la consumen, pues Don Carlo, con la poca lucidez que le queda desde el primer al último acto sigue enamorado de su madrasta Elisabetta, esposa de su padre.

Daniela Barcellona como Eboli (Foto: Javier Súnico)

Daniela Barcellona, con su hermosa voz y talento, encarna como nadie a la tuerta, desdichada e intrigante Princesa de Eboli, la cual por otro lado históricamente fue pariente cercana de tres de los virreyes que tuvo España en el Perú, uno de los cuales construyo el puente de piedra que todavía existe y que terminó también la construcción de la catedral de Lima.

Su entrega es impecable desde el inicio con la Canción del Velo, hasta la desgarradora aria O don fatale en la cual exterioriza todo su talento. Si en algún momento se notó un gran esfuerzo físico al interpretar una de las arias, eso no afectó la voz misma, que siempre fluyó limpia y comunicativa transmitiendo todos los matices de la personalidad de un ser complejo y conflictivo como la princesa de Éboli. No es para menos pues Daniela Barcellona ya es una de las grandes voces de su generación.

Don Carlo es la ópera de los idealismos frustrados pero por sobre todo de las pasiones inconclusas y la más damnificada es la princesa de Éboli que terminó no solo por problemas de alcoba sino por sus secretos contactos con los rebeldes flamencos, arrestada, hecha prisionera y enviada al destierro donde murió, incluso desposeída de la tutela de sus hijos.

Que no sea la última vez que este milagro se produzca en Lima gracias a Ernesto Palacio, Eugene Kohn y Alejandro Chacón.

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