Xavier Montsalvatge, Richard Strauss y el debut de la Caballé en el Liceo

El martes 9 de enero de 1962, La Vanguardia publicó, en su página 24, una crítica de ópera sobre el estreno de la ópera Arabella de Richard Strauss en España y el debut en el Liceo de la soprano barcelonesa Montserrat Caballé en el rol protagónico el 7 de enero de ese año, tras una serie de éxitos en diversos teatros de Europa.

El texto fue escrito por el crítico musical y compositor Xavier Montsalvatge quien tituló su texto “Dos novedades absolutas para Barcelona: “Arabella” de Richard Strauss, y la voz de Montserrat Caballé”.

¿Qué fue lo que escribió Montsalvatge sobre Caballé y sobre la obra de R. Strauss?, aquí copio el texto integral obtenido de la hemeroteca de La Vanguardia. Una crítica de ópera de aquellas, cuya fuerza radica en comentar detalladamente la obra, su origen, importancia, explicarla y darla entender al público.

El ciclo de ópera alemana empezó el domingo en el Liceo con el estreno español de “Arabella”, la última ópera que Richard Strauss escribió en colaboración con su libretista habitual, Hugo von Hofmannsthal. En 1929 recibió de su amigo el texto de esta comedia sentimental y de salón a la que puso música trabajando en la partitura hasta 1933, año de su estreno en la ópera de Dresde. El entonces casi septuagenario Strauss tenía en su haber una larga serie de piezas ya famosísimas, entre las que había que contar nueve óperas de diversas tendencias, desde las de mayor substancia dramática, como “Salomé” y “Elektra”, hasta las de carácter menos trascendental, como “Intermezzo” y “El Caballero de la Rosa”. A esta última lista de obras ligeras vino a sumarse “Arabella”, que en principio fue considerada más que como una reiteración de las ideas musicales y escénicas de “El Caballero de la Rosa”. El hecho de haber sido esta última obra celebrada, desde 1911, año de su creación, como la más perfecta e inimitable de su autor, y al sugerirse un clima lírico y unas situaciones argumentales tan semejantes en ambas óperas, perjudicó la divulgación de “Arabella”, cuya fama no depasó las fronteras alemanas hasta después de la última gran guerra. Entonces se inició su revalorización atribuyéndosele el valor de un resumen de las facultades de armonista, sinfonista y dominador del teatro que Strauss aún no pudo haber manifestado plenamente en “El Caballero de la Rosa”.

Ha resultado muy interesante conocer el Strauss de la última época, muy exactamente representado en la partitura de “Arabella”. La obra nos ha llegado como un documento histórico de la última fase del teatro germánico post-romántico que nuestra sensibilidad acepta, aunque sea con un cierto esfuerzo. Efectivamente: es difícil sentirse cómo frente a esta masa compacta de la orquesta straussiana. En “Arabella”, la armonía infinitamente cromática, el encadenado melódico y la yuxtaposición de timbres siempre mórbidos producen una sensación de agobio que probablemente no debe afectar a quienes son capaces de seguir exactamente no sólo los pormenores de la acción invariablemente lenta, sino el sentido de las palabras, de las frases, los monólogos y diálogos de Hofmannsthal, que la música glosa con minuciosa fidelidad. Esta música eminentemente sinfónica, sinuosa y compleja, no tiene momentos de reposo, fases de claridad o de transparencia que permitan escucharla sin forzar la atención. De la espesura orquestal emerge difícilmente la voz de los cantantes. Creo que el dúo del primer acto entre “Arabella” y su hermana “Zdenka” hay injertada una canción popular yugoslava que reaparece al final de la obra, cuando la protagonista baja la escalera  al encuentro de su amado Mandryka. No he llegado a distinguirla. Se hace difícil localizarla, ya que la atención pierde en el fluir melódico constante, sin contrastes, sin frases o temas de estructura determinada y definida. Tan sólo en algún momento una breve ráfaga de valses vieneses aclara momentáneamente la atmósfera, sin llegar a estabilizar los ritmos, como acontece en “El Caballero de la Rosa”.

La música de “Arabella” es, pues, una condensación del lenguaje sinfónico y la fraseología lírica típica de Strauss, con alusiones constantes a sus obras más conocidas, con ecos del “Don Juan”, “Till”, y repetidas aproximaciones al “Caballero de la Rosa”. Naturalmente, la calidad existe; es siempre invariable. Si arrancáramos cualquier página de la partitura de “Arabella”, tendríamos un perfecto “lied” del mejor de Strauss. Eso tiene un valor cierto y por más fatiga que pueda producir la obra escuchada desde el principio al fin, uno se siente, si no ha ganado por su barroco acento, al menos impresionado por el alto linaje expresivo de la melodía y la tensión armónica de la orquesta tan personal de Strauss, aunque derive directamente del filtro wagneriano.

Opiniones aparte, es evidente que el estreno español de “Arabella” merece un elogio sin reservas. Dando a conocer “Arabella”, el Liceo cumplió con su más alta misión de divulgación musical, poniendo a nuestro alcance algo que no puede ignorarse para comprender la realidad de la ópera moderna y completar la silueta de Richard Strauss, uno de los más decisivos compositores de este siglo, la mayor parte de cuya música se ha escuchado aquí, habiéndose también representado en el Liceo toda su producción operística de más relieve.

Con “Arabella” hizo su presentación en España la soprano Montserrat Caballé, que en importantes escenarios extranjeros, especialmente de Italia, Alemania y Suiza, ha conquistado un prestigio comparable al de las más cotizadas cantantes actuales. Es admirable que Montserrat Caballé, formada artísticamente en el Conservatorio del Liceo, haya escogido para su primera manifestación ante nuestro público una obra tan tremendamente difícil, que le obligó a emplear a fondo sus mejores facultades, sin contar con la compensación de los aplausos que podían haberle procurado una “Bohème”, una “Tosca” o cualquier ópera italiana, con la que ha encandilado repetidamente el entusiasmo de muchos públicos. Lo ha hecho seguramente porque para la ópera alemana Montserrat Caballé posee unas dotes excepcionales. Su voz es clara, limpia, de un timbre que, sin ser penetrante, puede traspasar sin dificultad esta especie de “barrera del sonido” que es la orquesta de Strauss, que se interpone entre los cantantes y el auditorio. Debe ser por la confianza que tiene la artista en el volumen de su voz, que a veces emplea con circunspección, complaciéndose en los planos, en sutilizar el fraseo, cosa que si bien le permite conseguir inflexiones expresivas de una belleza extraordinaria, la aproxima demasiado a los timbres orquestales, con los que llega a confundirse (como quizá hubiese deseado Strauss).

Montserrat Caballé es una gran intérprete, no solamente por la clase de su voz, sino también por haber superado todo cuanto necesita dominar una cantante de ópera. Su dicción es de una musicalidad exquisita. Se mueve en la escena con aplomo, sobriedad y calma, pero jamás inexpresivamente. El espectador tiene la sensación de que ve y escucha una artista formada en la mejor escuela de canto, poseedora de una experiencia de las tablas considerable. ¡Qué agradable comprobar que esto lo ha conseguido una artista nuestra en plena juventud!

El éxito de Montserrat Caballé como protagonista de “Arabella” fue el domingo, muy grande. Al final de los primero y segundo actos, cuando ella salió al proscenio, los aplausos fueron cariñosísimos, y al final del último acto redoblaron hasta convertirse en una interminable y encendida ovación, cuando saludó sola y recibió el obsequio de grandes ramos de flores.

Los demás intérpretes fueron también aplaudidos con más o menos entusiasmo. Cargamos en la cuenta de la obra, de difícil asimilación, y al error de haber traducido al español unos cuantos “bocadillos” del texto, algunos siseos que se mezclaron con las muestras de aprobación del público, sobre todo del público de butacas y palcos, que se manifestó muy favorable al carácter de la representación y calidad de los intérpretes. Al lado de la protagonista tuvo mucho relieve la intervención en el papel de Mandryka, del barítono Rudolf Knoll, de voz excelente, poco voluminosa pero valorada por una dicción perfecta y un buen trabajo de actor.

Destacó también la soprano Erna María Duske, graciosa y desenvuelta en su “travestí” de Zdenka, muy justa y agradable en la expresión. El tenor Kurt Wehofschitz encarnó apropiadamente el papel de Matheo, el enamorado no correspondido; igualmente estuvieron bien Erik Winkelmann y Elfriede Wild, representando a los condes Waldner y Adelaida, padres de Arabella. No se consiguió una interpretación muy feliz de los papeles de los tres pretendientes y en otros “rols” los artistas fijos del Liceo procuraron adaptarse a las necesidades de la representación. Elogiamos el esfuerzo de Lloveras, Corominas, Soto, Baller, Mayska, Sant y Paulet.

Merece todos los elogios la dirección de Meinhard von Zallinger, que consiguió el máximo rendimiento de la orquesta y una total sincronización con la escena. Nos dimos cuenta que la orquesta titular del Liceo ha dado un gran paso. El grupo de los metales dio muestra de gran capacidad y expresión y precisión. El maestro Zallinger pudo lograr momentos de una verdadera plenitud sinfónica. La dirección escénica fue bien llevada a pesar de algunos ligeros fallos y la presentación normalmente cuidada con discretos decorados.

Xavier Montsalvatge

MONTSALVATGE, Xavier. "Dos novedades absolutas para Barcelona: "Arabella" de Richard Strauss, y la voz de Montserrat Caballé. La Vanguardia. N° 29.733, Martes 9 de enero de 1962. Pág. 24
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