Las musas del poema (T.A. IV)
QUE ES MI PARÓDICA INTERPRETACIÓN A LA REALIDAD DE MUCHOS DONJUANES QUE CONQUISTAN A LAS CHICAS CON UN ÚNICO POEMA.Â
A Luciano siempre le sorprendÃa ver cómo su amigo, Ceferino, al que cariñosamente llamaba serranito, conquistaba a cualquier chica sin necesidad de tener una cara bonita, al menos Luciano creÃa que era mejor, fÃsicamente, que el serranito. Lo cierto es que nuestro héroe, o mejor dicho el héroe de Luciano, era un mariposón de primera, un donjuán casi profesional. HabÃa escrito nada más y nada menos que un poema, el cual pasaba por los oÃdos de las más bellas doncellas de la alta sociedad limeña. Era el cholito de moda. El único poema que hizo era asÃ:
¡Oh Luciana! (o Mariana, Flaviana, Ana…)
Abre tu ventana.
He traÃdo una rosita,
Para mi dulce princesita… etc., etc.
De hecho, Ceferino, se enamoraba de muchas chicas cuyos nombres terminaban en –ana. Asà no tenÃa problema con la rima. ¡Era un gran declamador! Pero obviamente lo peligroso siempre termina haciendo daño. Aconteció que una vez, se produjo un ruido cuando el poema iba dedicado a SofÃa, de hecho no podÃa decir Sofiana, asà que decÃa SofÃa. He aquà la situación:
 Cef:    ¡Oh SofÃa!
           Abre tu ventana.
           He traÃdo una rosita,
           Para mi dulce princesita… etc., etc.
Sof:    Oye, Cefi… me ha gustado bastante… pero… me parece que la primera parte no rima…
Cef:Â Â Â Â Es el nuevo estilo.
Cierto es que, Ceferino, muy astuto, escribió el poema empezando de la siguiente manera:
¡Oh [Nombre. De preferencia que termine en –ana]! (sic)
Asà fue cómo el gran Ceferino jugaba con las mujeres, incautas, pobres doncellas… Luciano me contó que un dÃa se topó con Juliana prima de aquella SofÃa. Fue entonces que para San ValentÃn, llegó el mujeriego y le recitó nuevamente el poema. Juliana encantada quedó con los versos de este prolÃfico poeta y le pidió que le deje el poema. Ceferino se negó, pero al final se convenció tras tremendo beso que Juliana le dio.
Al siguiente dÃa por la tarde, Juliana le contó a SofÃa, su prima, que habÃa conocido a un chico que le escribió un poema por San ValentÃn. Juliana sacó el poema de su carterita rosada y le recitó a su prima. Tras escuchar la primera estrofa, SofÃa, que lanzaba improperios, le dijo que por más cara de muermo que este tenga, que no le crea, que Ceferino le recitó el mismo poema y que los dos primeros versos no rimaban porque SofÃa ella se llamaba. Su prima rió, pero después de una bofetada reaccionó. Acordaron en planear una venganza.
Luego de una ardua investigación, se reunieron todas las vÃctimas de Ceferino; y se planeó dicha venganza. Se rieron todas vilmente. La carnada serÃa Juliana.
Ocurrió que estando Ceferino sentado en una banca de un parque con Juliana, ésta le invitó a tomar un café. Estando en la cafeterÃa, Ceferino se encontró con las veinticinco incautas, musas de aquél sórdido poema (que no del poeta), esperándolo con una malévola cara, de tal vez querer castrarlo o atentar contra su virilidad. Lo persiguieron por muchas cuadras, hasta que Ceferino encontró refugio en un monasterio, del cual jamás salió. Las veinticinco incautas se regocijaron mucho con la venganza.
Etiquetas: san valentÃn