Puro corazón, poco cerebro (T.A. III)
QUE ES EL BREVE Y TERRIBLE RELATO DE UN TRIÁNGULO AMOROSO.
Ignacio ya no creía que el amor era una mierda, por el contrario, andaba enamorado de Patricia, la ex enamorada de su amigo. Decir que se volvió loco de amor -y no por hacerlo romántico- no es exagerar. Aquél muchachito idiota hacía todo lo que aparecía en televisión o en el cine. Creía que su vida era una de esas telenovelas melosas -y odiosas- que aparecen en el horario estelar de cualquier canal de televisión… En fin, su vida resultó ser más una tragedia griega, aunque obviamente, y como a él le gusta, exagerando un poco la situación.
Después de que Mauricio, su amigo terminara con Patty -como le decía- Ignacio le aconsejaba no creer en el amor. Es una mierda, decía muy decidido de que era cierto y que sería soltero hasta la muerte. Ahora se le ve arrastrado, dominado por aquella fuerza -para él- maligna llamada amor. Dos días después de haber hablado con Mauricio se le podía ver cómo besaba a Patita -que es como le puso Ignacio a Patricia-. Fue una traición elegante.
Que Patricia lo había seducido nunca se supo. Pero sí todos veían que tenía al pobre Ignacio con un polo rosado en el cual habían dos corazones y en cada uno había una foto de ellos. Sí, muy ridículo. Sus celebraciones de San Valentín eran terriblemente dulces, al menos Ignacio, derramaba dulzura melosa y asquerosa por todo lado. Era el típico gilí que le lleva su rosita, su guitarrita y su papel, un poco arrugado, con la letra de una canción, claro, una canción que él mismo había compuesto; de todas formas si empezaba en otro tono nadie lo notaría… y por cierto, también llevaba su cajita de chocolates y su infaltable, y latoso, osito.
Patricia que se quejaba de falta de atención de parte de Mauricio obtuvo un exceso. Ignacio que decía que el amor era una mierda, ¡buen provecho! Mauricio, que por bruto, siguió el consejo y ahora deshoja margaritas, aunque prefiere escribir también historias de amor, donde no falta el rico, la pobre, la madre mala, la empleada alcahueta, el curita, que también es alcahuete, y… ¡ah sí! La pistola.
Está por demás decir que Patricia e Ignacio vivieron felices para siempre. Patricia aguantó toda la melosería solamente dos fechas de San Valentín y fue en busca de su real media naranja. Y claro, como toda buena historia encontró a su media naranja, aunque este señor resultó ser un donjuán un poco violento, pero eso sí… menos meloso. Ignacio se volvió loco por (culpa del) amor y se disparó. Para su desgracia la bala le rozó y ahora está en un manicomio entreteniendo a los locos y contando su experiencia. Mauricio se casó, tuvo dos hijos y murió… felizmente cuerdo. Luego de muchos intentos, Patricia se ordenó como monja.
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